INDICE
MEMORIAS DE LA DOCENCIA
(Juan A. Montiel)
 

Libro Publicado y presentado
en Feria del Libro 2000
Córdoba, Argentina
 


 

Impreso en Foja Cero Editora.
Duarte Quirós 181. Córdoba, Argentina.
Queda hecho en depósito que previene la ley 11.723
Juan A. Montiel. 2000



 
 
 
A todos mis alumnos,
los cuales me ayudaron a crecer
y me enseñaron a enseñar.

 



ALGUNAS PALABRAS

Si tiempos mediantes, estas expresiones son el puntapié inicial para otras,
se habrá cumplido la razón de haberlas escrito,
recién allí habré franqueado el obstáculo
que me separa de lo mediocre.


 


PRÓLOGO

SER  DOCENTE


 

 Desde el punto de vista de su profesión, el docente está llamado a desarrollar una sublime misión; dependerá de él lograrlo o no; si opta por ser un guía, tal vez llegue a ser protagonista directo de  grandezas o de infortunios, fruto de lo que pueda realizar alguno de sus alumnos.
 El maestro que pretenda transformar a su país en una nación; según José Ingenieros, no deberá pensar que en una escuela “trabaja”, sino que “comparte”, las horas con personas, que al finalizar cada una de sus etapas, deberán demostrar involuntaria y naturalmente la pesadumbre por tener que dejarlo, lo cual se dará si aquél realmente lo merece. El docente que no piense así, seguramente al finalizar su profesión, NO encontrará la grandeza a la que estuvo llamado.
El educador falto de sinceridad, honestidad y justicia, que no predique constantemente con el ejemplo, “podrá guiar” a sus alumnos en la correcta investigación de cualquier tema, y ellos lograrán fijar, tal vez, muy bien los conocimientos, conseguirá darles clases entretenidas y de resultados positivos. Pero su “personalidad” no quedará impresa en el alma de los niños y su figura pronto desaparecerá de sus recuerdos.
Los niños, movidos por el impulso mismo de la naturaleza, buscan un modelo de persona y allí estará el maestro siendo la vidriera de lo que necesita: Si el educador hace de los buenos hábitos la “práctica constante de todos los instantes” como dice Juan Bautista Alberdi; será el arquetipo de lo que éstos buscan, de lo contrario su paso o relación con ellos será efímero y podrá tener otras connotaciones pero  no la perdurabilidad que debiera.
 Sería lastimero, y tal vez grave, que un maestro defraude a un alumno que esté en búsqueda de elementos que después serán hábitos, buenos o malos, según lo que el niño gravó, fruto de la observación de su guía. Suele ser común escuchar de boca de algún alumno, comentarios adversos de los maestros, ya sea en cuanto a su comportamiento personal en la calle, como a su desenvolvimiento en el grado.
Es delicado o grave, que un docente no pida disculpas a su alumno cuando se equivoca, lo prejuzga, lo subestima, lo juzga y hasta a veces lo castiga, aún, sin muchos fundamentos.
El maestro que se siente agraviado cuando su alumno adquiere mayores conocimientos que él en algún tema, demostrará la chatura de conciencia y la soberbia que rigen su accionar.
Muchas veces la arrogancia domina a las personas y se puede llegar a coartar cualquier manifestación de conocimientos expresados por alguien a quien  se lo “considera inferior”.
 

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INTRODUCIÓN


 

En el año 1984, dando clases como maestro suplente en un colegio de la ciudad de Córdoba, en 5º grado, un alumno con muy buena expresión oral, con capacidad de transmitir un tema con la mayor claridad, se animó para exponer, en días posteriores,  sobre una cuestión que la escuela tiene como obligación hacerlo estudiar a fondo: “La división de poderes en los sistemas democráticos”. El control que debe ejercer uno sobre el otro a fin de evitar que uno de ellos haga cosas mas allá de lo que le corresponde; lo cual, dándose en la práctica nos ubicaría ante una “verdadera democracia “.
El niño habló muy bien, para toda la escuela, cosechando aplausos de la mayoría de los chicos, sobretodo de los grados mas altos. Su explicación fue clara y concisa, con buena “sintaxis oral”, dando muestras de conocer el tema a fondo, pero... al finalizar su segunda exposición, tal vez con poca diplomacia, dada su corta edad, pero con toda la convicción y la honestidad de estar haciendo las cosas bien, puesto que a esa edad ya tenía en su conciencia el registro de la importancia de su exposición; dijo: “en la próxima charla les explicaré sobre los proyectos de leyes”. Esta expresión del niño desató la abierta oposición de la vicedirectora, cuando absurdamente cuestionaba!.¡Pero mírenlo a ese negrito... diciendo que nos explicará!.
 Al resultarme incoherente la postura de la señora, traté de revertirla, pero no lo conseguí - el temor no vencido aún en mí - impidió darle una respuesta convincente y modificar su negativa. Pedí disculpas al alumno, explicándole que estaba orgulloso de ser docente de una persona de sus características, comparándolo con Sarmiento cuando enseñaba a leer y escribir a personas mucho mayores que él, dado que en esa oportunidad, el niño estaba  comportándose como aquél.
Tal vez en la conciencia de esta señora estaba impreso, que No seria honorable respetar a ese niño porque era un alumno de la escuela; o porque siendo ella la autoridad a quien se le debía obediencia no podía hacerlo. O porque consideraba que ese tema carecía de importancia y juzgaba que se perdía tiempo con su alocución.
La posición en cualesquiera de las alternativas es grave; no respetaba a una persona, que por otro lado era su alumno, coartando la “oportunidad que tenía la población escolar” de iniciarse en el conocimiento de algo muy significativo.
 El tema tratado por el  alumno era en extremo importante; primero: por su contenido en sí;  Segundo: muy pocos, tal vez  estaríamos o estábamos en condiciones de explicarlo y  Tercero: el país entraba a la democracia, lo que para la gente de edad escolar era algo totalmente nuevo y útil.
Con la decisión de aquella mujer, de no permitir que el chico siguiera dando esas charlas, sin lugar a dudas, perdimos todos y ella más que cualquiera, porque demostraba su falta de mesura, tolerancia, capacidad de escuchar; “cualidades” éstas que forzosamente deben “acompañar” a toda persona y especialmente “al docente”.
 ¿Suceden estas cosas en la escuela actual?, - no solamente suceden sino que sucederán. La primera capacitación al docente debe apuntar a que él sea mejor persona, enseñarle a ser humilde, comprensivo, tolerante, “enseñarle a escuchar”.
Cuando a través de esta hipotética capacitación, el docente haya logrado hacer un hábito de esas cualidades, que lo harán conseguir una verdadera transformación individual, se podrá encarar cualquier otra por más compleja que sea.
 Innumerables hechos corroboran esta expresión. En los colegios la dirección comunica las obligaciones que debe agendar cada uno de los docentes, a fin de cumplir lo más eficientemente posible con la planificación institucional, o cualquier dato que esta considere importante: Feria de ciencias, Fechas Patrias, etc., Para tal fin, usa, generalmente, un cuaderno común, foliado, a efectos de ofrecer seguridad en su total conservación. Cierto día llega; como de costumbre, a  manos de los docentes el comentado cuaderno en el que aproximadamente se leía lo siguiente: los docentes deberán preveer el tiempo que les demandará esa actividad a fin de...luego de dejar firmado el comunicado en el lugar respectivo y agendar el compromiso en mi carpeta de trabajo, simultáneamente escribo con distinto color de bolígrafo, sobre el mismo vocablo, la palabra correcta, la que se distinguía del total de la escritura. Al día siguiente aparece la directora, a las trece horas, en la formación previa al ingreso de clases, trayendo el cuaderno en su mano derecha y con un semblante que expresaba la extrema incomodidad que le embargaba. Acercándose a dos maestras que estaban a poca distancia entre sí, visiblemente molesta, les pregunta:  - ¿Quién ha osado corregirme el cuaderno de comunicados?; habiéndola escuchado, asumo inmediatamente la responsabilidad, diciéndole - Lo corregí yo, porque está mal escrito     ¿Cómo que está mal escrito?. La palabra está bien, el que está mal sos vos!. Aún sabiendo que en mi entrometimiento no había error alguno; le pedí disculpas regañándome por mi atrevimiento, lo que logró mejorar un tanto su semblante.
El mismo día, después de llegar a la casa, busqué una enciclopedia, saqué fotocopias y al día siguiente, ante el habitual encuentro de docentes y directora, en la cocina, lugar incómodo y poco propicio para reuniones; extraje la fotocopia y se la presenté a la directora ante la vista de siete docentes más. Ella observa la palabra Prever al tiempo que su tez adquiría paulatinamente una visible palidez y como su nivel de funcionaria no le permitía admitir fallas o errores, atinó a decir - mirá vos, yo estaba convencida de que era “Preveer”, siempre lo escribí así. Lo curioso del caso es que no tuvo la humildad de aceptar su error y, lo que fue peor aún, lo siguió escribiendo y pronunciándolo mal.
Este tipo de obstinaciones propias de posturas mediocres NO debería existir en  personas que tienen bajo su responsabilidad a seres en formación. Arraigadas en los docentes, estas actitudes son por demás dañinas, puesto que paulatinamente la sociedad se transforma en lo que cada uno de los docentes somos. Jamás en los años de docencia escuché a ningún colega decir:
 - Los chicos contestan mal porque YO tengo la culpa. Cualquier motivo es excusa para deslindar responsabilidades. Los padres tienen la culpa, es lo que se escucha decir permanentemente, lo cual tiene mucho de verdad, pero...¡los padres fueron formados por docentes!, que ya no están en su función. Tal vez pueda pasar lo mismo con el hijo de un señor, que cuando alumno pasó por el control de un determinado docente, seguramente con el tiempo ya no será tal, pero sí, el culpable de las faltas de hábitos, de buenos modales de educación que no se le supo despertar, razón por la cual no podrá trasmitir a sus hijos.
 Si el docente frente al grado, se comporta “Permanentemente” pensando que está educando al futuro policía, diputado, senador o presidente y obra de acuerdo a ello, demostrando el sentido de la honestidad, de la vocación de servicio, del respeto a su bandera, de la paciencia, del amor a su prójimo, sentirá seguramente el placer de haber cumplido las expectativas a las que fue llamado; percibiéndolo en el saludo y el abrazo que le manifieste quien simplemente haya recibido sus servicios: Su alumno.

CAPITULO 1
EL ÁRBOL

En toda escuela, ocurren a diario cosas trascendentes e intranscendentes, conmovedoras o reprochables.
 ¿Qué docente, en una reunión social con sus colegas, no comenta cosas de sus alumnos?. En muchísimas ocasiones, hablando de las carencias de afecto que en innumerables casos se ve muy bien reflejado en ellos: la falta de buenos hábitos,  la agresividad de muchos, en fin,  cosas que, necesariamente al parecer  tienen que pasar en cada una de las escuelas.

Seguramente en alguna de ellas  habrá ocurrido algo semejante: Pasando por frente a un grado, un niño solicita que alguien también registrara la confirmación de un hecho que acababa de cometer otro de sus compañeros de grado. Aquel comienza a hablar diciendo a algunos docentes reunidos, inclusive a su maestra, que su compañero había orinado un árbol en un sector alejado del lugar; señalando al mismo tiempo, el sitio aproximado en donde había ocurrido el hecho.

Después de escuchar un tanto asombrado esta información, pregunté al autor del hecho, si efectivamente, era cierto lo que se estaba diciendo de él, a lo que asintió, no sin un poco de vergüenza y desconcierto, moviendo afirmativamente su cabeza. 
Seguidamente le pregunté ¿Porqué hiciste eso?: ¡la planta está esperando un balde de agua y no lo que vos le echaste!!; - si estás por allí y te pasa lo mismo que le hiciste a la planta ¿te gustaría…?. Desconcertado, pero sin perder su aplomo por el planteamiento, dice: - Si viene uno y me mea lo hago recag… - ¡Bueno!, esta bien, ¡eso quiere decir que no te gustaría!. - Nooo… responde -. ¡Bueno…!, a la planta tampoco le gusta, ¡creo!. Contesté.
A todo esto, otra de las “señoritas”, que había estado escuchando, dio media vuelta y escondió rápidamente el rostro en sus manos, para que algunos niños, que también escuchaban  y presenciaban la escena, no la vieran reír.
Por último, levantándole delicadamente el mentón al niño, le pregunto muy serio, sino haría más una cosa así, a lo que contestó que no; y miraba con ojos desorbitados cuando le dije que muchos de sus compañeros regaban permanentemente los árboles y también lo hacían los docentes o acompañaban a aquellos a hacerlo, mientras él tranquilamente los meaba. Luego insistí con una pregunta: ¿No quieres que los reguemos juntos en el último recreo?. Cambiando la expresión de su mirada; se notó en el acto su satisfacción de que le pidiera algo; que tal vez consideraba como un “favor” por parte de alguien que no era su docente habitual, con un destello muy particular en los ojos, el niño contesta afirmativamente... -¡”Tienes que hacérmelo recordar!”, - ¡no te olvides!-, le dije al momento que iba camino a la huerta orgánica de la escuela de unos 400 m2 de superficie, que nos permitía cultivar y cosechar por lo menos ocho variedades de verduras; desde achicoria hasta repollos. Los docentes la visitábamos casi siempre acompañado por siete u ocho chicos de cualquier grado, para controlar día a día: humedad, malezas, plagas, depredadores y marcha de la degradación del compost para el abono..
Cuando de nuevo nos encontramos, con las dos señoritas, en el próximo recreo, intercambiamos una sonrisa por el hecho que había ocurrido hacia apenas una hora. Nos pusimos a hablar de cualquier cosa, mientras, con una de las docentes, tomábamos una taza de mate cocido que gentilmente nos preparara en forma cotidiana la señora Clelia.
 Esta señora muy amable y abnegada, perteneciente a una empresa de servicios, limpiaba y ordenaba cotidianamente los grados, también hacia las veces de auxiliar y colaboraba con nosotros en forma permanente. Clelia en realidad, estaba a nuestra disposición, desde muy temprano en la mañana aparecía en el colegio y muchísimas veces se iba ya bien entrada la noche. Pues recién a esa hora terminaba sus quehaceres.
La señorita Ada María, maestra del informante y del protagonista “orinador”, no disfrutaba de esa merienda, simplemente participaba con nosotros de la conversación, mientras que, en un momento dado, cuando se dirigía a su grado a buscar algo, otro de sus alumnos, le solicitaba que fuera urgentemente a un sector del patio de la escuela, distante unos cien metros del lugar en el cual nos encontrábamos (o tal vez mas, dado que esa escuela es una de las privilegiadas de la ciudad de Córdoba, desde el punto de vista de la superficie de su terreno).
La maestra atendía el pedido del niño mientras caminaba, sin darle demasiada importancia, y al volver, dejándolo a la espera, participa por un breve momento de nuestra conversación, porque... ante la insistencia del pequeño no tenía otra alternativa que disponerse, salir y dirigirse con él al punto requerido. Ya en el lugar; manda inmediatamente a un chico que busque ayuda; dado que, en ese sitio,  había un menor en problemas. El niño llega hasta donde nos encontrábamos los docentes tomando la merienda; e informa que un chico se había caído a un pozo. Uno de nosotros pregunta si se veía desde la superficie y nos responde que si,... pero que no podía salir...¡Bueno...!: contesto con calma, ¡ya saldrá!. El niño cambió el aspecto de su cara, abriendo sus ojos lo mas grande posible como no entendiendo nuestra incomprensión o nuestra insensibilidad y elevando su entrecejas, contesta...¡¡Pero no puede salir!!, a lo que pregunto: ¿y porqué no lo sacan ustedes?, ¡¡es que no podemos!!, responde el niño y... como esperando una contestación que no llega, desorientado y vencido da la media vuelta y de esta forma se dirige al lugar en donde se encontraba el infortunado niño.
Como en la mayoría de los casos, los chicos magnifican las cosas, proseguimos tomando la merienda, sin darle demasiada trascendencia al hecho en cuestión, por otro lado, el terreno en toda su superficie, no ofrecía ningún tipo de problema, razón por la cual no había motivo para urgencia o preocupación alguna. Los que habían venido en  búsqueda de apoyo, acompañando al informante, estaban esperando sin poder entender ¡porqué no corríamos e íbamos a ver lo que ocurría, en forma inmediata!.
A los pocos segundos... llega otro contingente, requiriendo inmediata presencia de alguien en el lugar,. ¡no entendiendo aún porqué con tanta insistencia!!, llevando la vista en dirección al lugar de la travesura, vemos a la señorita Ada María que, moviendo su brazo nos llamaba, y esta vez emprendimos la marcha, seguido de la cantidad de niños, que estaban ya a la expectativa.
Llegado al lugar, vimos, efectivamente, al niño en uno de los pozos que días atrás, habíamos cavado los encargados de la forestación de la escuela. El orificio fue profundizado excesivamente por los alumnos, posiblemente, haciéndolo como gracia o para pasar el mayor tiempo posible fuera del aula, el hueco tenía alrededor de un metro de profundidad y unos cuarenta y cinco centímetros de diámetro.
Los chicos, jugando a la “escondida”, buscaban refugio, y uno de ellos, ”el infortunado”, no encontrando mejor lugar, decidió esconderse en el pozo. Habiendo ingresado en él, tomó conciencia de que no se cubría totalmente, su cabeza y sus hombros quedaban  al descubierto, lo que lo colocaba en una situación, por demás vulnerable ante el juego, con el agravante de que el sector estaba totalmente desprotegido de pasto dado el intenso tránsito de niños. Y decidió agacharse… como sentándose, apoyando la cintura en la pared del pozo, flexionando su tronco hacia adelante (como sentado en cuclillas), haciendo presión con su cuerpo hacia abajo a fin de irse mas al fondo; y... cuando quiso salir... ¡no pudo!. ¡Quedó preso entre sus rodillas y la parte posterior de su cuerpo!.
 - El hecho de quedarse trabado, tal vez, resulte un poco difícil de entender; lo cierto es que estaba totalmente encajado, como incrustado en la pared del pozo y no podía flexionar las rodillas, pues lo había hecho en el momento de agacharse, a fin de un mejor aprovechamiento de la profundidad; tampoco podía erguir su cuerpo, el diámetro del pozo era algo menor que la longitud de su zona glútea a sus rodillas, ¡no podía realizar ningún impulso!, ¡no tenía grados de giro en las tobillos, y sus nalgas le impedían comenzar cualquier acción al respecto.
El alumno había sido presa del terror cuando algunos de los chicos mas corpulentos, de grados mas altos, queriéndolo sacar, le tiraban de sus brazos hacia arriba, pero como él tenía sus rodillas flexionadas más de 90º, al levantarlo lo comprimían más aún, lo que para él era el fin del mundo. ¡¡Pensaría que no podría salir nunca mas!!.
Al tomar contacto con el niño, nos dimos cuenta del gran susto que lo embargaba; y su cara, cubierta en un primer momento, por la tierra que había alrededor del orificio, se había transformado en cualquier cosa, dado la copiosa cantidad de lágrimas derramadas por su llanto, esa tierra ya hecha barro, arrastrada por sus muñecas y antebrazos le habían cubierto el rostro,  notándose, con nitidez solamente los ojos, dándole, un aspecto lastimero y gracioso a la vez. Sin demostrar temor, ni apuro, mandamos a un alumno que buscara inmediatamente una pala a sugerencia de un joven que circunstancialmente pasaba por el lugar y habiéndose acercado, seguramente llamado por los niños dado que los docentes no íbamos con urgencia, o motivado por la curiosidad de saber qué estaba sucediendo;  nos dedicamos a calmar al menor; lo que conseguimos en poco tiempo.
Al cabo de un par de minutos, llegan dos jovencitos. Uno de ellos con la herramienta requerida. Tomé la pala y expliqué al pequeño que cuando accionara ese instrumento, permaneciera muy quieto, pues tenía que cavar muy cerca de su cuerpo, y si él no lo hacia así, podía lastimarlo, y comencé a sacar algo de tierra, a fin de aflojar sus rodillas trabadas a la pared del pozo, lo que al hacerlo, prestamente, al cabo de unos minutos el pequeño estaba liberado.
Los presentes, que en ese momento eran alrededor de ciento ochenta chicos, aplaudían de alegría como dándole la bienvenida al llegar después de un largo viaje.
Ya próximo a terminar ese accidentado día, saliendo a un recreo sin tener en cuenta que era el último, me encontré con el pequeño que portaba una diminuta regadera de plástico, diciéndome  con seguridad: ¡Profe!, ¿vamos a regar las plantas?… en vez de ir a regar, lo que quería, era estar sentado y charlar un rato con mis colegas, pero haciendo un ademán con el pulgar derecho, con la  mano del mismo tomé su izquierda y nos dirigimos rumbo a la canilla provisoria de agua, llenamos la regadera y no asintiendo a que otro que no fuera él quien la transportara, encaminamos nuestros pasos al lugar del patio, en donde estaban los árboles, de los cuales, uno de ellos había recibido su orina. Hicimos 6 ó 7 viajes con la regadera, mientras escuchaba de sus labios; el relato de que el Domingo anterior había ido con su padre a la casa de su abuela, en el carro, con el cual cotidianamente trabajaba con su papá: sacando restos de escombros de casas vecinas o haciendo de flete en el traslado de algún  elemento.
Relataba que su abuela le había cocinado empanadas porque a él le gustaban muchísimo, diciendo que ella disfrutaba viéndolo comer. Cuando consideré que ya los pequeños árboles habían recibido suficiente agua, ubicándome - claro está - en su nivel de apreciación de volumen, después de cargar por completo su regadera, nos dirigimos a un lugar, en donde  había prosperado una glisignia, que dos años antes había sido sembrada por un alumno, en cada poste del cerco de la escuela aprovechando su semiprotección. Allí estaba esa trepadora, -¡la única!- de alrededor de cien que fueran puestas para resguardar al colegio de los vientos. Sus endebles, por ser muy jóvenes, guías, se autoprotegían mezclándose entre las torceduras del alambre tejido. Se la veía pequeña, confundida con otra enredadera silvestre, pero hermosa y dispuesta a seguir creciendo a cualquier precio.
Al llegar a la planta; el niño reconoció que en la casa de su abuela había una de ellas, y que cuando empezaba a hacer un poco de calor, en la primavera, primero daba unas flores azules que a ella le gustaban mucho y que siempre esa planta estaba hermosa, porque la regaba permanentemente.
Terminado el trabajo, ya  camino hacia las respectivas aulas, pues el timbre había llamado, el pequeño travieso  dijo: “¡Sabe profe!... me di cuenta que nunca mas tengo que echarle una meada a una plantita”.

CAPÍTULO 2
EL ÁBACO

Un día del mes de Julio, como de costumbre, después de almorzar con los chicos entramos al aula dispuestos a utilizar un elemento muy antiguo, de fácil estudio y aplicación, a fin de agilizar la comprensión de la mecánica operatoria de los ejercicios de aritmética: El ábaco, era una clase de esta ciencia la cual resultó muy beneficiosa, a pesar de no tener muy clara la idea de los efectos que en esa oportunidad podrían producirse. Estábamos trabajando con sumas y especialmente en divisiones, con resultados altamente positivos, dado que esta operación permite a los chicos proyectarse en contenidos de grados más avanzados, tal, por ejemplo, la comprensión de los criterios de divisibilidad. Estaba orgulloso de que mis alumnos habían podido llegar al modo de expresar con solvencia y sin peligros de equivocación, la divisibilidad de un número por otro, usando el razonamiento lógico y concreto. Eran chicos de cuarto grado, cuyos valores intelectuales habían sido poco potenciados. Lo cual hacia que ¡ese día trabajando con una resta!... la cosa podía ser totalmente complicada.
Habíamos escrito en el pizarrón dos números, de los cuales a uno teníamos que sustraerle el otro. Para esta operación utilizábamos tres ábacos; el tercero sin ninguna ficha, se completaría a medida que se resolviera la operación - es decir - seria el resultado; y cada uno de los otros representando minuendo y sustraendo respectivamente.
Los chicos habían empezado a trabajar en ese año con el ábaco, y a pesar de estar en cuarto grado, no dominaban la forma concreta de las transferencias a decenas, etc. ¡tampoco tenían suficiente solidez en el algoritmo de la sustracción!; si el maestro escribía: ordeno y resto 735 y 586.  a los chicos les resultaba mecánico escribir el primer número como minuendo y resolver la operación. En cambio si el maestro astutamente anotaba: ordeno y resto: 586 y 735; como el día del ábaco también tomaban el primero como minuendo, lo que en la mayoría de los casos hacia que se confundieran. A mi criterio, apreciaba esto como hábito acomodaticio de una sociedad, que considera el trabajo Y la investigación como un fastidio, en donde la mayoría piensa a través de otro, sin prever las consecuencias.
Para realizar la resta del ejemplo, tuvimos  que procurarnos de varias fichas de unidades y de decenas para los cambios: sacando una decena del minuendo (siempre con el ábaco), la cambiábamos, por unidades, las ubicábamos en el lugar respectivo y de esta manera juntábamos 15; le sustraíamos 6 (lo que mandaba el segundo ábaco) y “anotábamos” el resultado de las unidades en el tercero.
Luego sacábamos una centena del minuendo, la cambiábamos por decenas, las ubicábamos en este lugar, juntándolas con las 2 que habían quedado, de esta manera teníamos 12; a las que le quitábamos las 8 que decía el sustraendo del 2º ábaco. Y “anotábamos “ el resultado de las decenas en el tercero.
Por último poníamos en éste el resultado de la sustracción de las centenas que ya hacíamos en forma directa con las fichas correspondientes que  habían quedado-.
 Costó bastante hacer esta operación y, aunque parezca poco pedagógica esta actividad, en honor a la verdad fue muy enriquecedora y muy participativa-.
Habían trabajado tres  chicos sosteniendo los ábacos que los tenían ubicados en los lugares respectivos; otro que cambiaba las decenas por unidades, un quinto alumno que hacia lo propio con las centenas por decenas;  ambos colocándolas en su lugar; otro que “anotaba” el resultado en su ubicación respectiva, y el maestro controlando desde el fondo del aula con toda la clase opinando, sugiriendo y mandando dónde debía el alumno respectivo colocar unidades, decenas y centenas, ya fuera en el primer o en el tercer ábaco.
Tocó el timbre y los chicos inmediatamente se dispusieron a salir al primer recreo.

-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-

MARIANA

Siempre dentro de un grupo de personas, y, tal vez, especialmente de niños, hay alguno o algunos que están a la expectativa por el timbre, y ni bien escuchan su sonido, cierran su carpeta, muchas veces bajo cualquier condición; recogen sus cosas en contadísimos segundos y generalmente en forma simultánea hacen abandono del aula. Una de esas personas es Mariana, quien es una alumna muy particular: movediza, falaz, antojadiza, casi constantemente inoportuna, muy extrovertida con sus compañeros y dotada de un cierto liderazgo natural, lo que hacia que las personas de condición parecida a la suya la siguieran con un innegable temor.
Ésta salió al recreo, presurosa, sin haber guardado todo; por detrás lo hicieron los demás.
Otra alumna, que permanecía en el grado y cuyo nombre no viene al caso, se acerca, mostrándome un ábaco que traía en sus manos, y me dice: Profe... ¡este ábaco es mío, Mariana lo tiene desde que a mi se me desapareció, ella me lo sacó; ¿se acuerda que yo le avisé cuando se me perdió?, y usted preguntó a todos quien lo tendría?, y lo rayó aquí señalándome una de sus caras, que podría ser el frente en donde ella le había impreso su propio nombre y apellido - ¡pero lo mismo se nota mi nombre!; ¿ve?, - ¡es cierto!, -contesté- y después de observarlo con detenimiento, lo tomé y lo ubiqué sobre un botiquín como de primeros auxilios, que estaba detrás de la mesa de trabajo, en donde guardábamos tizas u otros elementos de uso cotidiano, y salí también al recreo, junto con el resto de los alumnos que todavía quedaban.
 Tuve la expresa precaución, de llegar primero que los alumnos a la puerta del aula. Uno a uno fue traspasando el umbral y ubicándose en su lugar correspondiente - Mariana no aparecía. Estaba con su grupo, lejos, cuando se incorpora y me registra; se da  cuenta que la estaba esperando,  emprende el regreso al aula y con ella su grupito.
 Cuando llegan, impedí el ingreso de Mariana preguntándole si no había pensado llegar normalmente al grado  ¡¡alguna vez !!.
Como docente, pensaba en su futuro, no tan solo en su faz cultural sino también como ser humano, frente a la sociedad. La vida que llevaban las personas de su entorno tampoco la favorecían, es mas la impulsaban a lo fácil, sin límites. Veía, tal vez, anticipadamente el futuro no muy claro de Mariana. Pero... dejando el pensamiento de lado la interrogué directamente:
¿El ábaco que usaste, es tuyo?.
- ¡¡Si profe!!… contesta sin inmutarse, pues con habilidad acomodaba su rostro a fin de mostrar gran sorpresa por esa pregunta.
- Me dijeron que no; afirmé,  poniendo seguridad a lo que decía.
¡Si profe!!, me lo compró mi mamá... y mi prima me regaló otro que después se lo di a...
¡¿Mariana!?, la nombré en un tono grave haciéndole notar la incomodidad que producían sus palabras al saber que no eran ciertas.
 Si dices la verdad todo quedará entre nosotros (incluyendo con un ademán el resto de los alumnos) y nadie más se enterará. Si profe... contesta en el momento en que sus ojos comenzaban a humedecerse. Esperé un tiempo prudencial, a fin de que ella recapacitara. Como no contestaba admitiendo su autoria. Al cabo de algunos segundos dije:
-Mirá Mariana... voy a hacer todo lo posible para echarte del colegio mañana mismo si sigues mintiendo. Y... con esta presión ya no pudo aguantar más y escapándosele el llanto, movió la cabeza negativamente. De inmediato busqué el equilibrio y cambiando el tono de voz pregunté si había robado otra cosa, - No profe... contesta con un principio de tranquilidad. Acepto como cierta esta segunda respuesta aún sabiendo que era falsa, pues el objetivo ya se había cumplido con la primera.
Bueno Mariana,... ahora tendrás que decirle a los chicos, la verdad de lo que hiciste; ¡lo del ábaco! - Espera unos segundos y llora, casi desconsoladamente. ¡Tienes que pedirles disculpas a ellos dado que has permitido que todos dudáramos de todos. No... no puedo, contesta sollozante. Entonces tendré que hacerlo yo...dije.... tal vez autoritariamente?, y abriendo la puerta del aula hacemos el ingreso al interior de la misma.
 Al instante el resto de los chicos, que habían estado expectantes, haciendo seguramente sus supuestos comentarios, dado que no conocían el tema, se sientan, cada uno en su lugar y se quedan callados, esperando una orden de trabajo o una explicación de lo que, medianamente tras el vidrio, acababan de ver.
Ambos permanecíamos parados frente al aula, yo mirando de frente a todos; y Mariana, exhibiendo tres cuarto de perfil, semigirada hacia el lugar que me encontraba y con la vista perdida en la superficie del piso.
Sabiendo que ella no rompería el silencio comencé preguntando: ¿Quién trajo hasta aquí este ábaco?, la niña que había advertido que el mismo era de su propiedad, levanta la mano y contesta: ¡Yo... profe!, ¿porqué lo trajiste?, - porque me di cuenta que era mío- responde. ¿y quién lo tenía?, Mariana. Afirma con seguridad. ¿Es cierto eso...Mariana?. con lágrimas en los ojos y con un marcado sollozo responde: Si... profe. Tras esta respuesta hice sentar a Mariana y pedí a los chicos que por favor no se dejaran vencer  por el deseo de poseer algo que no está al alcance de uno - si no lo podemos comprar hoy - algún día será - y si nunca llega... mala suerte; pero jamás recurramos a lo ajeno.
Los chicos escuchaban y asentían todo esto con una atención y avidez sorprendentes. Y concluí pidiendo perdón a todos por haber dudado de ellos cuando días anteriores, al haberse perdido ese ábaco, les preguntaba por él, y solicitándoles casi con exigencia que no hicieran comentarios de este suceso poniendo a Mariana como protagonista, pues era algo desagradable que no debía comentarse.
Pasaba el tiempo y constantemente observaba a Mariana, no notaba en ella verdadero arrepentimiento, su conducta era la habitual, como si no hubiera pasado nada; ¡casi no lo podía creer!, No observaba ni un mínimo sentimiento de culpa en ella aún habiendo quedado al descubierto!. Parecía dominada por un impulso interior en hacer lo contrario de lo que fuera correcto,  me resultaba muy difícil trabajar en la huerta, por ejemplo, pues mientras observaba la labor que supuestamente ella también tenía que hacer, en cuanto algún niño requería mi atención, en fracciones de segundos, Mariana sin reparar en los canteros sembrados o transplantados, se deleitaba pisoteándolos con alguien que ella había instigado; ya fuera corriendo tras él para agredirlo o burlarse… o adelante suyo, escapando del asedio del provocado. De esta manera siguió liderando el grupo de gente de sus mismos principios y amedrentando a alguna que, al darse cuenta de sus malos consejos, no la quería seguir.
Cierto día llamé a su madre a la escuela y, tras un breve relato de lo sucedido con la sustracción del ábaco, ésta manifestó que siempre le echaban la culpa a su hija de todo lo que pasaba, que el año anterior la responsabilizaban de cosas similares... quiso darme otros ejemplos y la interrumpí, no era lo que medianamente esperaba, ¡la veía tan lejos de la cordura!... simplemente atiné a decirle: señora, debemos tener cuidado con Mariana, ella necesita límites y si usted no se los pone no nos está ayudando en nuestra tarea y mucho menos la ayuda a ella y, tal vez algún día pueda arrepentirse;  pero veía que la señora, simplemente me permitía hablar, era poco o nada lo que  escuchaba, parecía que le daba lo mismo hacer de su hija una persona digna, respetuosa, enemiga de poseer lo ajeno, o dejarla librada al azar. Así terminó ese cuarto grado, y aún sin corresponderle Mariana acompañó a sus compañeros rumbo al quinto.
Es muy común, en la escuela actual, que un niño pase de grado sin que esté en condiciones. La política educativa, es que ningún niño se quede sin instrucción, lo cual es correcto. Lo que NO es correcto que las escuela tengan que “amontonar” niños en un grado  a veces más  de 40, haciendo un ambiente irrespirable e incontrolable. De manera que si un docente deja de grado algún chico, “se adosa” a los que vienen, “agrandando” el número de niños y el resultado es un caos total.
A un año de por medio, por esos cambios de ubicación de personal que se llevan a cabo en los colegios,  a Mariana no le quedó otra alternativa que enfrentar la situación y ser nuevamente mi alumna,  dado que fui removido a sexto grado. La tarea de ese año se tornó agotadora, con dos chicas amigas de Mariana, algo mayores que ella, que venían muy cuestionadas del otro turno, alteraban el ánimo del mas avezado profesional. La relación de esas dos chicas con Mariana fue muy perjudicial; más aún después de que las tres, junto con otras tres, fueron protagonistas de otro robo en la escuela.
El candado del armario no resultó un obstáculo para las habilidades manuales de Mariana y de Clara, (una mas de las que conformaban el grupo de las seis). Habían tomado conocimiento que en el interior de ese mueble estaba el acopio del dinero de mi colega, que conseguía a través de rifas, de la venta de pastelitos u otras golosinas que los chicos traían de sus hogares. Ese dinero para ellas, seria una cantidad considerable. Al abrirlo se encontraron con un monedero que contenía $ 20; quedándose ambas con $ 12; compartieron el resto del botín con las otras 4.
A partir de allí, todos los demás, incluido los docentes pasamos a ser víctimas de por lo menos cuatro de ellas.
.Cuando detectamos a las autoras, intervino en el asunto la directora, conminándolas a devolver el dinero sustraído, mas otro tanto igual a éste en concepto de indemnización.
Esta orden condicionante e imposible de hacerla cumplir, que al impartirla, casi se cometía el mismo delito que el mencionado, hizo que tres de ellas devolvieran lo que habían recibido (sin el aporte de la parte adicional). Las mas comprometidas, Mariana y sus amigas no solo no tenían la intención de devolver nada, sino que se vanagloriaban de su hazaña. Como los perjudicados insistíamos en la reintegración de lo sustraído, otra de esas tres, hija de un matrimonio de no muy claros procederes, acostumbrados a promover disputas, a hacer entre ellos causa común en contra de alguien, teniendo éste razón o no; tergiversó y magnificó mis palabras  acusándome a su madre de que la marginaba caratulándola de ladrona y sinvergüenza. La señora “escuchó” a su hija, aún sabiendo que ella había robado y se presentó al colegio hablando previamente con la superioridad a quien le manifestó el motivo de su visita, obviamente, en total oposición a mi continuidad en el colegio y especialmente como docente de su hija.
La directora, que quería quedar bien con ambas partes me mandó llamar y ya frente a ambas, escuchó lo que la mujer muy alterada y en tono amenazante afirmaba: “Usted es una persona indigna de estar al frente de un grado porque no mide sus palabras y discrimina a mi hija, delante de todos, calificándola de ladrona ¡y se lo voy a decir delante de sus alumnos!”.
 escuché calladamente lo que esa persona decía en tono amenazante, ¡como si fuera dueña de casa!, sin encontrar objeción alguna. Al final expresé: Mire señora: si usted tiene alguna acusación grave hacia mí, deberá tener pruebas, de lo contrario tenga cuidado!.  Y salí inmediatamente; entendí que agregar otra cosa tal vez, resultara perjudicial.
Los chicos estaban en el recreo, algunos esperándome alcanzaron a decirme que esa mujer había venido al colegio para acusarme, de acuerdo a lo que le habían escuchado decir en un negocio de su barrio.
Suena el timbre para el ingreso de otra hora de trabajo; cuando estaban todos les solicité que por favor, si venia al grado esa persona con la directora se portaran lo mejor posible porque estábamos atravesando por un serio problema.  Termino de decirlo, cuando ambas personas hacen su aparición; los chicos se pusieron de pié para saludar; luego de lo cual les solicité que se sentaran.
Comienza a hablar la directora quien manifestó que en ese grado había ocurrido un hecho desagradable porque un grupo de alumnas había robado dinero de lo que seis chicas eran culpables, sin dejar que continúe; la mujer la interrumpe dirigiéndose a mi y con tono amenazante, señalándome y adelantándose con una actitud por demás provocativa, me dice: mas culpa tiene usted porque no se educa a una niña tratándola de ladrona. Aprovecho una pausa de su expresión y dije:
- Si una persona chica o grande, roba ¿cómo quiere que se la llame?.
Fuera de si, continuó con otras provocaciones a las que ni siquiera registraba y mordiendo su impotencia, abandonó el grado y por detrás la directora, que en realidad protagonizaba un triste papel.
Pasaron muchos segundos hasta que logramos el mejor equilibrio y, como para que no quedara el incidente, cortado abruptamente, les dije: Lo que acaba de pasar es algo muy feo y desagradable; pido disculpas, pero...entiendanmé, a las cosas es mejor decirlas de frente y sin andar dando vueltas: el que roba es un ladrón y si a alguno no le gusta; Bueno...que no tome lo que no le corresponde-. Luego de todo esto, medianamente pudimos desarrollar la actividad.
En la misma semana de este episodio, Mariana llega a la escuela, almuerza junto a todos, como de costumbre, pero al entrar a la clase noto inmediatamente su ausencia y comencé a buscar información sobre el suceso. Me dirigí al grado inmediato inferior a preguntar a su hermana si tenía conocimiento que Mariana no estaba en el colegio, a lo que contesta que si, que su madre la había autorizado a retirarse, lo que me parecía, de serlo, simplemente una falta absoluta de responsabilidad.
Habiendo escuchado mi colega (la docente de la hermana de Mariana), interviene diciéndome que tuviera cuidado, que Mariana el día anterior, - concluida la jornada - estuvo frente a la escuela abrazada mucho mas que amigablemente con un adolescente que la había venido a buscar y que no pertenecía al colegio.
La madre de Mariana no dio señal de vida, a pesar del reclamo de su presencia - ¿Que podía hacer?, con el escaso apoyo de su madre y la tímida ayuda de la dirección de la escuela, que no quería compromisos,  me encontré sin ningún apoyo, de manera que Mariana hacia en el colegio, lo que ella quería, a nadie reconocía como autoridad.
A partir de ese incidente, en que la directora, no supo, no quiso, o no le convenía hacer nada, la niña se tornó inmanejable y con ella las otras dos chicas.
 No las podía contener en el grado, el anhelo de que quedara cuestionado ”a toda costa“ en mi desempeño, hacia que durante esos 18 ó 20 días que faltaban para la finalización de las clases tuviera que estar muy alerta porque las tres salían del grado o directamente no entraban después de un recreo.
Mariana cada vez mas lideraba su grupo, a tal punto que en muchas ocasiones tenía que abandonar el grado y a todos los demás chicos en busca de ella y de su grupo que reiteradas veces estaban con jóvenes que no pertenecían a la escuela.
De esta forma, con una situación por demás delicada, pude sobrellevar; sin complicaciones serias, ese sexto grado hasta el último día de clases; cuando al caminar rumbo a la huerta para cosechar un atado de achicoria, con la que reforzaba mi cena; levanté mis antebrazos y juntando ambas palmas de mis manos a la altura del rostro, como en señal de agradecimiento; exclamé:  ¡¡gracias Señor: terminaron las clases.
Después de haber expresado estas palabras; sentí una angustia en mi interior; nunca me había pasado algo similar, no entendía y no entendería jamás las posturas de algunas personas de no querer distinguir lo bueno de lo malo, sobretodo para trasmitírselo a sus hijos. Me sentí también mal por ello y agravado por esa sensación que me producía el hecho de no haber podido decir: ¡¡Qué lástima: Terminaron las clases!!-.
 

CAPÍTULO 3
CAROLINA

Los problemas psicológicos de Carolina, ampliamente conocidos en su Unidad Educativa, tienen sus raíces, sin dudas, en su hogar: Incomunicaciones, abandono, indigencia, soberbia, falta de buenos hábitos, agresiones tanto verbales como físicas, etc., etc. Podrían registrarse también los serios inconvenientes de sus hermanos con el resto de los docentes, el cotidiano deambular de éstos hacia la dirección en busca de apoyo, por no saber qué hacer con ellos.
La dirección, también con pocas alternativas, porque no solo no contaría con el apoyo de la casa de Carolina, sino que ante el menor descuido podría verse también involucrada - por cualquier cosa real o inventada por los padres o los hermanos de la alumna -.
La agresividad desarrollada y manifestada sin ninguna inhibición, hacían de ella una alumna muy particular; no se encontraba persona alguna que no la haya registrado como un caso muy serio de convivencia. Casi siempre se manifestaba con insultos, con gestos, con actitudes que reflejaban elocuentes problemas  psicológicos, muy difíciles de modificar, por no decir imposibles!.
Carolina rechazaba la gentileza, la atención hacia sus semejantes, el respeto, para ella daba lo mismo contestar bien o mal, no conocía límites en su expresión oral. Las cosas equilibradas, no solamente eran desconocidas por ella, sino que se deleitaba en la manifestación de lo contrario, gozaba insultando cuando encontraba uno más débil, o cuando se enfrentaba a una persona mayor, pues sabia que en ambas circunstancias ella saldría aventajada. Parecía que Carolina convivía con las agresiones, ¡¡había nacido en un hogar total y absolutamente conflictivo!!.

Ni el maestro ni ningún docente podía llamar la atención a una alumna que estuviera cerca suyo sin que ella no hiciera causa común, transformándose inmediatamente en su defensora incondicional, si aquella se sentía incómoda al ser observada por haber hecho algo indebido.
En los problemas particulares de Carolina existían, seguramente, muchas culpas compartidas: padres, docentes, personas de su entorno y hasta compañeros de escuela, estas personas de alguna manera influyeron en ella negativamente en algún momento de su vida.
Todas estas demostraciones de actitudes problemáticas en esta niña, contrastaban con su estética corporal, de muy buen físico, biológicamente sana, de un peso y altura acorde a su edad y sexo, de rostro blanco y lozano. Con una expresión muy particular en su cara, hacia que antes de emitir una palabra, una contracción muscular de centésimos de segundos en su comisura labial derecha le daba a su rostro una expresión envidiada por muchas de sus compañeras de colegio
Cierto día estando en clase, Carolina ¡cómo era su costumbre!, ni atendía ni dejaba atender a dos o tres de sus compañeras inmediatas. Le llamo la atención, lo cual pareció no escuchar. Reitero mi observación, obteniendo el mismo resultado. Entonces le solicito, no sabiendo si amablemente o no, que se cambiara de asiento, que se fuera más al fondo, en una mesa que estaba sin alumnos, desocupada. No respondió ni positiva ni negativamente. Insistí en mi requisitoria, obteniendo el silencio y la inacción por respuesta.
Temiendo quedarme sin estrategias para lograr mi propósito, no proseguí directamente con este imperativo; me paré con gesto serio delante del grado, sin pronunciar palabras por unos segundos, al cabo de los cuales dije:... - aquí parece que nos manejamos con caprichos - pues bien - yo también me “encapriché “ - no continuamos mas la clase, ¡y de aquí les aseguro que hasta que Carolina  no se traslade y se siente en el lugar asignado no vamos a salir del aula, ni siquiera al baño-.
Todos los chicos estaban callados, no volaba una mosca, nadie se atrevía a romper el silencio, la mayoría de ellos comenzaban a mirarla insistentemente sin entender la dimensión de sus caprichos . Las  otras dos o tres compañeras que siempre atendían a Carolina cuando les hablaba, me miraban con rencor y respeto al mismo tiempo, tenían que hacerle percibir a Carolina que ellas, bajo cualquier circunstancia la apoyaban. No podían dejar de hacerlo, porque ello implicaría ponerse directamente en su contra y eso, evidentemente, a ellas no les convenía desde ningún punto de vista. Tampoco querían ponerse abiertamente en mi contra, eran chicas que tenían cierto grado de mesura y, por consiguiente alguna potencialidad para un cambio de actitud, pero temían a la paliza de Carolina o de ella con sus hermanas.
La tensión del momento iba creciendo y Carolina miraba con elocuente agresividad, su postura intransigente, y su escaso sentido de la cordura le impedían aceptar que en este mundo hay personas que disponen sobre otras o que si alguien les hace ver un error, por lo menos, sino agradecerlo, aceptarlo como tal. Carolina no pronunciaba una sola palabra.
Yo seguía parado, serio, sin inmutarme y Carolina permanecía sentada como queriendo conservar el lugar a cualquier precio.
De vez en cuando ella levantaba sus ojos como registrando a cualquier chico que pudiera haber estado en desacuerdo con su actitud, “todos”,  éramos observados por ella, en fracciones de segundos.
         Me di cuenta que esta actitud no podía continuar por mucho tiempo, corría el riesgo de derrumbarse por su propio peso. Por otro lado pensé que el autoritarismo, como podría  convertirse mi requisitoria, no es bueno en ninguna circunstancia y sus consecuencias,  muchas veces,  lamentables.
Cuando la expectación llegaba a su máximo nivel, cuando los chicos seguramente conjeturaban si estarían mucho tiempo o si irían a salir al recreo, inicié una nueva estrategia; me dirigí hacia ella y le hablé con dulzura, como haciéndole distinguir que en este mundo hay gente que procede de otra forma a la que estaba acostumbrada a ver cotidianamente, y le solicité, con toda amabilidad, en un tono de lo más cordial posible diciéndole: -Carolina... si vienes conmigo demostrarás que sabes entender..., yo te acompaño; no te pido que atiendas en la clase, pero... ¿porqué no dejas a las otras chicas que lo hagan?... me miró como diciendo... ¡pero no puedo acceder tan fácilmente!. No recibía respuesta alguna.
Al distraer un tiempo mi atención pude  admirar y comparar la dimensión de espacio, que Carolina y sus compañeros, tenían para estudiar y desarrollar una buena actividad áulica; los aproximadamente 37 mts. 2 de superficie del salón de clases, de una construcción totalmente nueva, con un aprovechamiento lumínico natural y una arquitectura en su techumbre a tres aguas que hacían armónica y placentera cualquier tarea que se desarrollara en él; me lamentaba que fueran tan penosamente desaprovechados, muchas veces utilizando tiempos irrecuperables tratando temas parecidos al relatado.
Cuando entendí que había transcurrido un tiempo lógico de espera le solicité una vez más... y otra... y otra.
Y por fin la respuesta esperada, Carolina se levantó con lentitud; como diciendo voy... pero aquí la que manda soy yo. Habían pasado unos doce o quince minutos, tal vez veinte.
Los chicos respiraron aliviados como festejando el triunfo de la sensatez, Carolina se sentó en su nuevo lugar, aceptado finalmente, y comenzó a integrarse a la clase, que, después de algunos segundos pudimos retomar.
Después de 2 ó 3 días de trabajo, Carolina continuaba sentada en su nueva ubicación, sola, aislada, sin acompañantes, me pareció al observarla, que se sentía incómoda, tal vez triste o muy posiblemente humillada.
Intrigado por la actitud que tomaría Carolina si volviera al lugar que ocupaba anteriormente...demostrando que había logrado modificar su obstinación, caprichos, irrespetuosidad, ya que estaba en una lucha interior por cambiar o seguir como siempre. En décimas de segundos  tomé la decisión de evaluar el grado de equilibrio psicológico, sinceramente me pareció que ella había modificado en gran parte su resistencia a acatar órdenes, no solo con respecto al sitio  que debía ocupar, en ese o en cualquier momento, sino también su adaptación a determinadas circunstancias que el tiempo exigiera, sin mostrar oposiciones, ni excesivas incomodidades.
Me dirigí hacia ella y le pregunté: ¿quieres quedarte aquí o sentarte en donde estabas?. Al instante se le iluminaron los ojos; ¡decía tantas cosas con la mirada?!, ¡tiene miedo de dejarme aquí!, o... ¡hay alguien que me quiere!... No se animó a expresar palabra alguna e inmediatamente comenzó a levantarse.
Al día siguiente, o al tercer día, ocurre exactamente el mismo episodio. Carolina ni atendía, ni dejaba atender a sus compañeras inmediatas.
Le solicité que se traslade de asiento... ¡Al que había ocupado anteriormente!, y... no lo conseguí. Por un momento pensé en repetir todo el procedimiento descripto, pero instintivamente  me di cuenta que la reiteración, tal vez fuera inútil u obsoleta. No necesariamente las acciones, por más idénticas que sean, salen bien dos veces, y... abandoné mi pensamiento.
¡Tenía  el resultado de mi evaluación!, no era el óptimo, el deseado, me sentí triste, derrotado, no porque Carolina no me hiciera caso, sino porque a partir de ese momento hice lo que venia haciendo todo el mundo con ella: ¡Tenerla como un número mas en la clase, o en cualquier lado, sin importarme si aprendía o no.
No quería hacer notar mi incomodidad, simplemente pretendía que los chicos comprendieran que “Solo se puede enseñar o educar a quien quiera aprender más o ser mejor cada día”. Carolina no estaba, seguramente, en condiciones de elegir ni lo uno ni lo otro, mucho menos la mesura, - se sentía triunfadora - ¡y en cierta forma lo era!, desde ese momento haría lo estrictamente necesario y obligatorio ante mis requerimientos.
Creí que era el momento adecuado para desechar algún intento de imitación de este proceder, que, para lamentación futura, podía darse, y apoyado en mi mesa de trabajo comencé a decirles: El hecho de que Carolina no haga caso, ni le importe absolutamente nada, ni de ella ni de nadie, es sin lugar a dudas, una rebeldía; lástima que la rebeldía de Carolina esté plagada de groserías, seria hermoso que alguien de aquí fuera rebelde, que se opusiera a  mi forma de resolver cualquier inconveniente, pero manifestándolo serenamente y dando demostraciones de sus iniciativas, de lo contrario, somos rebeldes sin causas, y eso es muy dañino.  Cuando ustedes “ganan” por encima de sus maestros, logrando hacer lo que quieren y no lo que ellos dicen, en realidad lo que ustedes hacen es perder; ¿qué pierden?,  “la oportunidad de hacerse querer para que alguien se interese por ustedes; ¿quién los va a ayudar, si ustedes no ayudan?. Si empiezo por acatar las órdenes o sugerencias que me dan, comienzo a ser mejor. -- “Si hay una persona que está ahogándose y alguien intenta sacarla tirándola del brazo y aquella sujetándose de algo impide que se la saque”, ¿qué se puede hacer?.
En un momento, dirigiéndome a Carolina, le dije: si a lo largo de tu vida, tus padres te han maltratado golpeándote, haciéndote sentir culpable de cualquier cosa que pasara en tu casa, recibiendo insultos u otras agresiones, tienes que entender que no todas las personas somos así : ¿Porqué no armonizas tus palabras,. tus gestos, tus miradas con la belleza que tienes?. Un gesto desagradable hace feo al ser mas hermoso. Como así también un gesto agradable hace hermoso al ser mas feo.
Al escuchar este juego de palabras, Carolina irguió su cuerpo y levantó la vista, sus grandes ojos marrones hablaban por ella.
Catorce años serian pocos para iniciar un cambio del que tal vez poca gente le habría hablado, o quizás fueran muchos aprendiendo cosas que como maestro, consideraba equivocadas.
Carolina no estaba seguramente en condiciones de elegir la mesura; ella seguiría así como había venido, de otra forma no podría convivir en su casa.

CAPÍTULO 4
RUBEN

Este es el segundo nombre de un “alumnito” que conocí en cuarto grado, quien promediaba los 9 años cuando concurría a ese curso y se destacaba del resto de sus compañeros por características muy peculiares: Cabello lacio, fino, rubio, entregaba constantemente un pequeño mechón que caía oblicuamente, tapándole una parte de su frente, y  su tez blanca reflejaba ancestrales rasgos europeos, de rostro y mentón afinados armonizaban con sus finos labios que limitaban una pequeña y bien proporcionada boca, de estatura baja y cuerpo delgado aunque sin prometer una atlética figura, era muy bien proporcionado, y... sus ojos marrones, muy vivaces, diríanse saltarinos, dejaban ver un problema, de origen genético, lo que se conoce comúnmente con el nombre de “Estravismo”. Esto hacia que los chicos lo llamaran, cuando requerían su presencia, o en conversaciones privadas: “el tuerto”.
Por lo que Rubén aparentaba cuando lo conocí, diríase que era muy mimado, tímido, huidizo... después me enteré de su sobreprotección, pero solo por su madre, dado que el padre, habiendo pertenecido a una dependencia castrense, y heredado una férrea educación militar; le marcaba al pobre Rubén, todos los pasos que daba. Para colmo, sus huellas, no muy precisas, eran seguidas, vigiladas y muchas veces no aceptadas por aquél, razón por la cual siempre andaban con disgustos y enfrentamientos entre ellos.
Desde luego, Rubén buscaba constantemente refugio en su madre, que, por tener la condición de tal, le escuchaba y apoyaba en cualesquiera de sus reclamos.
A pesar de su corta edad, Rubén había pasado por tres escuelas y su relación con ellas siempre se canalizó a través de maestras, lo que a su entender lo había favorecido, dado que el trato con maestros, hombres, aún no había resultado convincente para él; primero, porque no había tenido en sus pocos años, la obligación de estar al lado de uno de ellos y segundo porque veía en otros, la imagen autoritaria de su padre. De manera que cuando llegó a mi escuela; comprendió que tendría que soportar, nada menos que a ¡un maestro!; ¡todos los días!; Rubén no quería saber nada de concurrir a clases. Muy a pesar suyo, no le quedaba otro remedio; su familia se había trasladado desde un Departamento de la provincia de Córdoba unos días antes, para que él asistiera a la escuela y, además, su padre debía empezar muy pronto a trabajar en la nueva carpintería que había instalado en el fondo de su casa. ¿Qué podía hacer Rubén?; él contaba con el apoyo de su madre... pero su padre veía con agrado que su Rubén tuviera un maestro. Además ¿Cómo se iba a volver a su antigua vivienda?.
Así, diríase, compulsivamente, dadas las escasas alternativas con que contaba Rubén, debió asistir regularmente a mi grado.
Una de las primeras cosas que llamó mi atención sobre Rubén, era su particular manera de mirar; al formularle preguntas comenzaba a ponerse nervioso, sus ojos iban desde mirar al suelo, un poco adelante suyo, hasta pasar por la mirada del profesor, o de quien estuviera delante suyo, para perderse en algún lugar de la pared o el pizarrón, todo en fracciones de segundos; haciéndolo cíclicamente. Si al hacerle las preguntas, él estaba parado, la cosa era por demás divertida, por instinto desplazaba su pie derecho arrastrándolo por el suelo unos 15 ó 20 cm hacia adelante y sin detenerlo, inmediatamente lo llevaba para atrás hasta el lugar de partida e instintivamente hacia lo mismo con el pié izquierdo, para luego comenzar con el primero; todo esto acompañado por el movimiento de sus ojos. Realmente, Rubén, dada su estatura y volumen, parecía una marioneta movida por los hilos invisibles de su tramoyista. Honestamente, en las primeras exhibiciones de Rubén,  tenía que hacer un gran  esfuerzo y disimular muy bien, pues no podía, ni debía reírme.
Los problemas psicológicos no podían dejar de acompañar a Rubén, una risa cercana, por cualquier motivo, le despertaba sospecha de burla a su persona; ¡siempre estaba a la expectativa!.
Rubén tenía un hábito muy particular de mirar, esta acción era acompañada por el instintivo giro de su cabeza  y la simultánea y expresiva sonrisa cargada con un involuntario sarcasmo. Pero, a la par de ello, se ubicaba siempre a la defensiva. Sin dudas, le faltaba claridad en su comportamiento, no se daba cuenta que miraba a cualquier persona burlonamente y se molestaba cuando al escuchar una risa, totalmente ajena a su interés, pensaba en la ridiculización que estarían haciendo de él esos protagonistas.  Cuando esto ocurría no lo toleraba, sobre todo en ocasiones de estar al frente o expresándose en voz alta, que, vale la pena decirlo, muy raras veces lo hacia. Si esto sucedía, Rubén se ponía muy mal y ya comenzaba a llorar, acompañado de una melancolía, una postración, lo que hacia que a duras penas se calmara y retomara, luego de un momento, las tareas que sus compañeritos estaban haciendo.
Particularmente, Rubén buscaba protección en su profesor acusando a los chicos, en su pretensión de que ellos cambiaran de actitud, a lo que  le contestaba que si... ¡siempre que los observara en el momento preciso!, pero en realidad, quien tenía que cambiar era “él”, sin esperar que los demás lo hicieran.   Mis contestaciones, siempre parecidas, no solo no eran entendidas por Rubén sino que empezaron a ser un motivo de alejamiento de mi persona.
Ese alejamiento, simultáneamente fue una incomodidad manifiesta para la asistencia regular a la escuela, por lo tanto, Rubén comenzó a presionar a su madre cuestionando mi desempeño, y ella, pobre, seguramente sentía herido su corazón porque su “bebe” la pasaba muy mal; no obstante ello; no se animaba a enfrentar de lleno la situación, vería la incongruencia de un reclamo suyo ante la presión de Rubén a mi postura.
Percibía la molestia de Rubén y en cierta forma me dolía proceder de esa forma, pero al mismo tiempo pensaba que si no era perseverante en mi postura no podría hacer recapacitar a mi alumno, quien evidentemente estaba equivocado.
Pero esto no terminó allí, puesto que simultáneamente, otra madre, cuya hija también era compañera de Rubén y que tenía comportamientos muy similares y aun más agravados al de éste aprovechó la ocasión y comenzó a buscar apoyo: Primero con la madre de Rubén y luego con personas ajenas a las dos familias. Es así que de esta manera comenzó a gestarse un movimiento en desacuerdo a mi persona, que no se podía prever su final, tal vez en mi traslado o en mi exoneración; la gestora de este movimiento anhelaba y luchaba por cualquiera de ellos. Todo este levantamiento fue conocido gracias al posterior relato del padre de uno de mis alumnos, quien comentaba que todo había alcanzado una proporción bastante registrable, hasta estaban buscando la televisión para magnificar el caso y degradarme totalmente, pero así mismo no prosperó porque en algunas personas imperó la cordura, entre ellas, ¡el padre de Rubén!, quien en una reunión que tuvieron, les dijo: Porqué solamente miran los “defectos” del maestro y no analizan los propios y los de sus hijos?. Que el maestro hace muy bien en remarcar los errores y los malos hábitos de sus alumnos.
De esta manera, el objetivo de esa señora quedó trunca y con ella también las ilusiones que se había hecho el pobre Rubén, a quien no le quedaba otro destino que el de seguir en el colegio, y para colmo no podía ni siquiera cambiarse de turno, dado que a la mañana concurrían a cuarto grado muchos más chicos que a la tarde.
Decididamente, Rubén tenía su destino trazado, estaba sentenciado a continuar como hasta ese momento.. Las clases continuaron, Rubén resignado a su suerte, y, apoyado constantemente por mi, comenzó paulatinamente, ¡con reservas!, a dar muestras de no sentirse incómodo con ciertos cambios.
El último día de clases, antes de las vacaciones de Julio, aproveché para decirles que esperaba disfrutaran del descanso y que no pensaran en el colegio, para que al retomar después las actividades, estuvieran renovados y contentos. Y... aproveché también para darles un beso a cada uno, varón y mujer y desearles buena suerte.
Cuando a Rubén le tocó saludarme, demostró resolución y desenvoltura ante la vista de sus compañeros, pero al estar muy cerca mío, sentí que se conmovía, estaba entre dos fuegos: su personalidad no le permitía hacer cosas muy diferentes a los demás, tampoco podía doblegarse tan fácilmente y darme un beso como si siempre lo hubiera hecho. De manera que ofreció su cara para recibir mi beso, y antes de que ello ocurriera, intentó retirarse inmediatamente, entonces lo retuve y le pregunté en voz alta, a fin de que sintiera la mayoría ¡¿Cómo Rubén?!, ¿no me vas a dar un beso?. Rubén se sintió descubierto y venciendo su timidez, su machismo y su negatividad, me besó como diciendo ¡te estoy empezando a querer!, ¡pero tengo miedo de lo que me puedan decir!!. No estaba acostumbrado ni a dar ni a recibir un beso de un maestro; ¡tal vez ni de su padre!.
Al reiniciarse las clases, Rubén venía más seguro: la impresión era acertada; ¡había comenzado a apreciarme!, ¡lo percibía!. Ya no se molestaba sobremanera al hacerle ver algún error. Toleraba la risa ajena sin inmutarse; se levantaba de su asiento, me buscaba y me preguntaba cosas. Había empezado a entender el valor de la tolerancia y la mesura.
Casi al finalizar el año, su madre, tal vez para pagar una “culpa” por algo que en su momento le parecía un error de su parte y que otra persona aprovechó para acrecentar en su conciencia poniéndola en mi contra; se acercó y me dijo: ¡Qué bueno sería que usted pasara el año que viene a quinto grado!, ¡Rubén ha cambiado tanto!, y... ¡nosotros también!.
Esas palabras me hicieron sentir orgulloso y tranquilizaron mi espíritu, pues me hicieron pensar que tal vez estaba cumpliendo bien con mi misión.
El destino quiso, tiempo mediante, que Rubén fuera nuevamente discípulo mío, esta vez en sexto grado, ambos nos conocíamos, nos teníamos confianza. Ahora Rubén concurría a clase con seguridad, había logrado bastante equilibrio y dominio de si mismo. El Rubén de sexto grado estaba muy lejos de ser aquel que ingresó a mi escuela en cuarto grado; débil, huidizo, caprichoso y mimado. Se lo veía más dócil y dispuesto a servir a sus semejantes; ¡Había crecido!.
Yo también había cambiado, conocí en mi privacidad a personas que hablaban diferente del común de la gente. Ellas hacían hincapié en el amor, en el respeto a todas las personas, en la humildad, en evitar el odio, la envidia y la ambición desmedida.
Con esa gente nos reuníamos semanalmente y nos marcábamos los errores que cada uno de nosotros tenía, tomando a esas faltas como eje de todo cambio en la forma de ser de cada uno. Toda esta capacitación era aprovechada en las tareas áulicas, fuera para compartir conocimientos o para ser caja de resonancia de penas o alegrías.
Pero no todo era formalismo, dentro de lo serio agregábamos referencias de libros, recuerdos o anécdotas, como la que incorporamos cuando estábamos en una clase de lengua con un tema por demás interesante: La comunicación; y, más allá de la anotación que año tras año realizamos los docentes y alumnos y que casi se repite de memoria; sin valorar la trascendencia que este tópico tiene: Emisor; Receptor, Mensaje, quisimos darle una mayor trascendencia al tema y decíamos que la comunicación debe ser permanentemente cultivada en las personas; que a través de esa relación siempre se debe promover el acercamiento de los seres humanos.
Pero ésta no se logra cuando solamente habla una persona... se debe escuchar y mirar al semejante ¡con quietud!, ¡con calma!.. mostrando interés en el emisor, respetándolo, como le observara el Moreno a Fierro en el poema de José Hernández:
De lo que un cantor esplica
no falta que aprovechar,
y se lo debe escuchar
aunque sea negro el que cante,
apriende el que es inorante
y el que es sabio apriende más.
De manera que siempre… debemos ESCUCHAR, sin subestimar y cuando nos toque hablar, hagámoslo de una manera tranquila… serena. No hacer como Rubén: y comencé a desplazar los pies, uno y otro hacia adelante y atrás y a mover los ojos tal cual él hacia. De más está decir que la clase, entera, era una risa al unísono.
Todos los chicos aprovecharon la ocasión para dar rienda suelta y expresar concreta y libremente, lo que en forma tácita sabían de Rubén. Éste soportó el peso de semejante crítica, estoicamente, hasta participaba de la risa, como un “grande”.
Evidentemente, Rubén había crecido, no de estatura, su altura física seguía siendo la misma, o casi la misma, había crecido espiritualmente, no se molestaba cuando le marcaban un defecto o un error.
Luego de la risa que recordaba una adversidad superada por Rubén retomamos seriamente el tema, con el objeto de afianzar a fondo los conceptos y la trascendencia de esas tres palabras:  Recalcaba la expresión que debía tener el emisor : su cara, sus ojos, la forma de estar parado y su mirada. Les decía que el emisor debía dar seguridad al receptor, mirándole sin bajar nunca la vista, pues cualquier movimiento de los ojos de aquél por mínimo que fuera, el receptor lo captaba y esto podía ser motivo de desestimar la confianza que podría haber logrado el emisor, con buena disposición y voluntad.
A su vez, éste debía percibir la actitud parecida del receptor; si esta fallaba en alguno de los dos, el mensaje no se lograba en su totalidad.
No pasó mucho tiempo cuando Rubén fue sometido a otra prueba de fuego: en cierta ocasión, ya casi al finalizar el año, tenía que hacer una planilla de inscripción para el siguiente (año) y, ante la duda del lugar de nacimiento de Rubén, pregunté a éste si había nacido en Córdoba capital o en algún dpto. del interior, a lo que otro chico:  Yamil Maiehes contestó: “En Venado Tuerto”... profe...
Otra vez la risa generalizada, y... otra vez Rubén dando muestras de grandeza y equilibrio, compartiendo el chiste con una carcajada, dando evidentes signos de haber sepultado sus resentimientos, sus rechazos, sus complejos.
Llegó el último día de clases; los chicos habían organizado una despedida a los alumnos de séptimo grado; con mucho esmero prepararon las mesas y dispusieron sobre ellas las pocas cosas que habían podido comprar: papas fritas, chizitos, palitos y otras, muy pocas menudencias.
Después del frugal copetín, el baile; las chicas mostrándose más predispuestas, bailaban entre ellas; algunos varones también se atrevían y participaban.
Rubén no bailaba, pero, se lo veía activo, libre,  no podría precisar si feliz, pues parecía dejar traslucir que quería seguir con las clases, como si sintiera que se le escapaba una parte de su vida al tener que abandonarlas.
Cuando pusimos fin a la pequeña fiesta, los reuní a todos y les dije que a algunos no los vería nunca más porque se cambiarían de escuela... tal vez a lugares lejanos... pero la mayoría seguiría en el colegio; algunos por el camino que habían abandonado para seguir por “la senda”; penosamente soportada en el colegio durante el año.  La senda que les conducía a la verdad, buscando la mesura y el equilibrio; para ser amables, laboriosos, respetuosos, honestos y sinceros.
Pero cualquiera que fuera la decisión, a todos estaba dispuesto a prestar cualquier servicio, si lo necesitaban  siempre que estuviera a mi alcance.
Dirigí la mirada hacia Rubén y lo vi serio, los ojos marrones, otrora saltarinos, estaban humedecidos por la emoción.
Antes de terminar les dije que les quería saludar a cada uno (eran treinta y dos), que me colocaría en el umbral de la puerta; que la decisión de hacerlo era absolutamente libre y que, si alguno no quería, no se sintiera obligado a hacerlo.
Uno a uno fueron pasando y cuando le tocó el turno a Rubén, me abrazó fuerte, sin ver si lo miraban, sin importarle perder tiempo; y estampó un beso en mi cara, con una calidez conmovedora.
De los treinta y dos, recibí un cordial saludo de veintinueve. Me di cuenta que tres personas nunca me habían escuchado, y quizás nunca lo harían.  Sentí una ligera incomodidad pero pense en Rubén y una sensación de felicidad y de paz inundó mi ser, porque cuando me estampó su beso, sentí que me veneraba; tal vez como  hermano, como padre o como maestro.

CAPÍTULO 5
UN PEQUEÑO AGRESOR

Todos los días en la escuelas municipales, los docentes comparten el almuerzo con los chicos; cotidianamente, unos más, otros menos, participan en conversaciones, inquietudes, hasta a veces siendo el confidente de algún problema, que ocasionalmente trae uno que otro comensal.
Luego del almuerzo, la diaria formación, lectura de efemérides, algún comentario ocasional sobre cuidado de higiene personal; del uso del agua, de patios, de baños, para luego entrar al aula de clases a cumplir con la tarea.
Cierto día, saliendo  al primer recreo, observé que unas maestras se dirigían apresuradamente hacia la cocina. Accidentalmente les escuché decir que un chico le había aplicado un puntapié en una pierna a Luisa (la auxiliar de la escuela).
Acompañé a una de las docentes al lugar mencionado y ya en su interior, Luisa me muestra la herida ocasionada por el golpe. Ella recibió el impacto en la parte anterior izquierda de su pierna derecha; en una zona, donde se le había manifestado un serio problema venoso. El puntapié le había despegado la piel del tejido subcutáneo en una superficie comparable a la de un botón grande de guardapolvo o tal vez mayor.
Luisa lloraba y estaba muy mal, porque, obligadamente, por orden médica, debía cuidarse la pierna de recibir cualquier golpe, aún un mínimo roce, dado que podía tener serias consecuencias. El problema de Luisa era de un pronóstico muy poco alentador, en muchas ocasiones había faltado a su trabajo de auxiliar, debido a las ulceraciones que se le formaban por cualquier pequeño roce, aún la de sus medias; constantemente se le veía una gran zona de una coloración marrón muy oscuro subiendo a casi negro; era una piel ¡como plastificada!.

 Si alguien apoyaba su dedo en esa zona, percibía que la misma estaba semidespegada de los tejidos mas profundos; diríase que había una superficie importante de tejido subcutáneo necrosado. Tal vez no lloraba tanto por el dolor físico de ese revés, sino por la impotencia que sentía de saberse agredida por una criatura de apenas 8 años.
El comportamiento del protagonista, alumno de primer grado, se manifestaba, a pesar de sus pocos años, con una agresividad pocas veces superadas por personas de su edad. En él se exteriorizaban: la indiferencia, la despreocupación, la rebeldía, la violencia recibida; diríase, desde su  uso de razón.
Todo esto y mucho más, formaba parte de una patología psicológica, digna de un pormenorizado análisis del profesional más autorizado en la materia. Para colmo, biológicamente, tampoco era muy favorecido: de cuerpo delgado, con una marcada joroba, de tórax estrecho y de altura importante para su edad. Su pelo delicado y fino, enrulado; con entradas pronunciadas en su frente. De ojos verdes claros, con una mirada indefinida y superficial; de cutis blanco y cara afilada hacia el mentón, de labio leporino, con notorias dificultades para la expresión oral; limitado nivel de concentración y escaso poder de retención de conocimientos.
La carencia de hábitos y la vehemencia de su control defensivo, bajo cualquier circunstancia, obligaban al pequeño a actuar permanentemente con impulsividad. Siempre buscaba “por las dudas“ una posición de resguardo; esto lo llevó a propinarle semejante puntapié a Luisa, cuando lo volvía de su huida de la escuela.


Habiendo observado la lesión de Luisa (que era bastante seria), y recibida la explicación del caso, ni bien salgo del interior de la cocina a la galería abierta, que da al patio totalmente descubierto, me encontré con la mayoría de los niños, sobre todo de los grados bajos, que estaban a la expectativa, dado que habían tomado conocimiento de la agresión. De manera que cuando emprendí mi camino hacia el lugar por donde “Ronancito” pretendía reincidir en su fuga, a duras penas pude lograr, a medias, que los pequeños desistieran del intento de seguirme. Seguramente no querían perderse un solo detalle de lo que podría suceder.
A escasos metros de él, tuve la intención de detenerme para  examinar minuciosamente su actitud, pero no lo hice, no quería que se sintiera observado, se lo veía asustado, semisentado en el cerco desprovisto de plantas, dado que los chicos, absurdamente las habían secado.
Su compostura, expectante, a la defensiva, al acecho, hacía que su mirada y su cara inspiraran compasión  y a la vez  temor dado que su semblante parecía “enajenado“.
Dios mío... dije... necesito tu ayuda.
Quedé realmente impresionado cuando “el pequeño“ levantó su rostro para observarme; simultáneamente recordé algunas películas en donde los protagonistas impulsados por una fuerza extraña en su interior le imponían a su rostro una expresión realmente terrorífica; tuve que controlar mi emoción, pues debía aparentar que llegaba desconociendo el suceso, ya muy cerca suyo, lo saludé como de costumbre!,  como ofreciéndole protección; el niño no pronunciaba ni una sola palabra; sus ojos centelleantes, irradiaban rencor,  resentimiento, odio.
Mi actitud pareció haberlo calmado y sinceramente creí que dominaría cómodamente la situación - pero estaba equivocado - Ronancito no cedería tan fácilmente. Reaccionó en forma brusca, descontrolada, estaba fuera de sí. Ligeramente, de un solo movimiento, toma un palo que había cerca suyo, de un tamaño que su mano y brazo podían manejar, e hizo ademán de pegarme con él. Con amabilidad, pero con firmeza le hice notar mi autoridad y desistió del intento de agredirme.
 Comencé a hablarle, tratando de calmarlo, Ronancito seguía sin abrir la boca, me miraba confundido, no se atrevía a insultarme o salir disparado.
Seguía hablándole intentando llevarlo al edificio escolar, le tomaba de la mano, que afanosamente intentaba desasir.
Entendí que sostenerle la mano, lejos de su consentimiento, era para él otro tipo de violencia, o tal vez la misma con la que convivía.
Era inútil seguir insistiendo, Ronancito no se entregaría tan fácilmente; no estaba acostumbrado a perder; sus compañeros le temían cuando se enojaba; al sentirse agredido: ¡con el ciego propósito de ganar, golpeaba con lo que tenía a mano!.
No insistí, la permanencia a su lado o algo que pudiera expresarle podían resultar un despropósito, preferí dejarlo. Me sentí perdedor; ¡tanto como un vendedor cuando hace todo lo posible, ante un futuro cliente que considera importante y que quiere que integre su cartera, y no lo consigue.
La obligación con mis alumnos hizo que me retirara del lugar sin tener la ocasión de observar por un momento su reacción posterior, cual era mi intención. Dos o tres de sus compañeritos se quedaron con él en ese lugar.
 Como el sitio elegido por Ronancito para establecer su Lugar de “resistencia” estaba en el patio de la escuela a unos 90 mts. de las aulas mas cercanas; al dirigirme a la mía, una de las mas retiradas, contemplaba la gran longitud que había llegado a desarrollar la escuela, dado su reciente ampliación.
 Sus ochenta a cien metros de despliegue longitudinal de su planta que conformaban el frente, estaban cortados al centro, en donde su techo era mas bajo, a una sola agua con descarga pluvial hacia adelante; esta parte de siete metros de ancho por siete metros de largo era la entrada que remataba en su extremo interno en una puerta de dos hojas de alrededor de 1,05 mts. cada una, la que correspondía a un gran salón octogonal de unos doscientos ochenta metros de superficie. Este gran salón, orgullo de las escuelas Municipales, hermoso por su tamaño y luminosidad, era utilizado como comedor y eventos de todo tipo.
Todo ello: aulas, entrada y ese salón de uso múltiple como se le dio en llamar totalizaban alrededor de mil setecientos metros cuadrados, techados con chapas metálicas pintadas de  rojo. Hacían que viera a mi escuela, hermosa, imponente, lástima que albergaba ¡Tantos Problemas de ese tipo!.
Casi paralelamente al hecho de la agresión, el colegio había mandado una persona a la casa de Ronancito para que sus hermanas vinieran a buscarlo, quienes al retirarlo iban insultando a Luisa desde el patio, diciéndole que la verían en cualquier momento para “cobrarse“ la postración que le había ocasionado a su hermano; salieron llevándolo y a los pocos minutos: “el pequeño agresor” ya no estaba en la escuela.
Lo vi unos días más en el colegio, su concurrencia seguía cuestionada... diríase... por toda la comunidad educativa, ya que su familia influía en él para que siempre se defendiera, pues consideraban que era objeto de toda agresión.
Así hizo su paso por esa institución un niño problema - uno de tantos - que las escuelas no son capaces de cambiar...y que en muchísimos casos suelen agravar.
 La perversidad que sobrellevaba el pequeño rebelde, con incuestionables raíces hogareñas dejaron en él profundas huellas psicológicas, fruto de intrigas, incomunicaciones, tal vez odios, subestimaciones y demás; algunas de ellas morigeradas y otras potenciadas en la misma escuela, hace  que su culpa; sea, porqué no decirlo, compartida entre padres y docentes, aún tal vez, de quienes nunca lo tuvimos como discípulo.
Al poco tiempo que Ronancito protagonizara este atropello, fui comisionado por la Unidad Educativa, a llevar documentación a la escuela en la que estaba el pequeño, otra institución de tipo diferencial; llegado al lugar, ver ese ambiente de chicos diferentes por tener algunas minusvalías y registrar en él a Ronancito, sentí una gran pena, pero... era posiblemente, el lugar ideal para el.
Por esas raras cosas de la vida, más o menos en el mismo tiempo que ocurrían estos hechos, un anochecer llego con mi esposa a un negocio de la zona de la escuela; al ingresar al mismo, una persona se aproxima resueltamente hacia mi y a una distancia prudencial, me dice: ¡Hola profe!...
Era un ex - alumno, que en su niñez tuvo un pasar similar a Ronancito, siguió caminado hacia mi. Ya más alto, de cuerpo más grueso. Muy próximo a mi persona; abre sus brazos y me cubre con ellos, dándome cariñosamente un abrazo al tiempo que dice: ¡Gracias profe, por haberme hecho cambiar de como era”; “ahora trabajo con el señor... y trato de portarme bien”; señalando al mismo tiempo al dueño del negocio.
Juan Marcelo, cual es el nombre del joven que acababa de abrazarme; siete años antes había tenido comportamientos muy similares a Ronancito cuando era mi alumno. Lo conocí siendo un chico semiaborígen, con gravísimos problemas de familia, acostumbrado a hacer lo que le dictaba su voluntad, estuviera bien o mal; ni lo uno ni lo otro pasaba por su control, él hacia lo que su habitual agresividad le mandaba, cierto día, estando en el grado, devuelve muy agresivamente una provocación de un chico que estaba bastante cerca suyo, ante la expresión de dolor de su sometido, intervengo pidiéndole calma, pues al golpearlo había cumplido su propósito y que no lo hiciera más… y ante su irracionalidad de proseguir con su mordaz intento, lo levanté de su ropa dejándolo parado e inmóvil de espaldas a la pared, acto seguido hice que el agredido pidiera disculpas a Marcelo por haber sido en primera instancia, su provocador, así mismo también conseguí que aquél lo hiciera con éste. Parece ser que, con el correr del tiempo, Juan Marcelo evaluó como lógico o equilibrado mi pretérito proceder de la manera descripta. Ojalá que Ronancito tenga la oportunidad, en algún momento de su vida de encontrar la calma y la quietud que le fue negada desde su niñez y dejemos de llamarlo “agresor”; para bien de la comunidad pero especialmente para el suyo.
 

CAPÍTULO 6
LA JOSÉ

José es un ex - alumno, de quien guardo en mi corazón gratos recuerdos; integrante de una familia numerosa y de características propias; sus padres, serios, muy respetuosos y responsables, han sabido, con muy buen criterio, transmitir a José y a sus hermanos ciertos hábitos de respeto, amabilidad y cordura, que hacen de ellos, chicos realmente distintos del común de la gente.
Desde temprana edad, José ha adquirido, equilibradamente, el hábito de servir a sus semejantes, razón por la cual estaba siempre atento a lo que hiciera falta en el grado, no solamente para su maestro, sino también para sus compañeros.
Llegó a dominar, con  muy buen criterio, y a tomar determinaciones muy acertadas en la planificación y trabajos de la huerta cuidando de ella con esmero y dedicación sorprendentes.
En poco tiempo pasó a ser mi “secretario”, él conocía si había tal o cual semilla para la huerta, de manera que me informaba sobre las que había que reponer, o las que podíamos regalar para las huertas domiciliarias. Sabia de las herramientas y utensilios de uso constantes en trabajos de canteros y almácigos, llevaba un registro estadístico con fechas de siembra y transplante de las distintas variedades. En fin, José era la consulta obligada ante cualquier problema, modificación de tareas o alternativas estratégicas.
El grave problema para él, era su dificultad en la lectura expresiva; cuando tenía que leer en voz alta, sufría tremendamente y comenzaba a balbucear sonidos incomprensibles que solamente él percibía, e iba afianzando las sílabas, cada vez con mayor firmeza, hasta llegar a producir una palabra, y en muchas ocasiones, su atolladero era tan grande, que después de un momento de varios intentos, que ni él mismo llegaba a entender, optaba por saltear ese vocablo y seguir a partir de allí, con un tono de voz apenas perceptible, que aumentaba a medida que tomaba coraje, hasta encontrar un nuevo inconveniente. De manera que para José todo era placentero en la escuela, cualquier cosa toleraba con alegría, menos cuando había que escuchar algún relato que saliera de sus labios.
Al año siguiente de que José hiciera su paso por mi grado, entran dos de sus hermanas, inmediatamente menores que él.
Las mellizas Martín: Celina y Ada Elisa, esta última es, a quien cariñosamente llamo “La José”.
De un parecido físico sorprendente a su hermano y muy  diferentes en su forma de ser.
En extremo sensible, tímida, impenetrable, con especial dificultad en la comunicación con adultos fuera de su entorno.
Al hablar con ella; si advertía que su contestación debería ser ligera, concisa, sin ningún compromiso: respondía generalmente con monosílabos; de lo contrario agachaba la cabeza y no había forma de hacer que dirigiera la palabra.
Esta actitud de “la José” me preocupaba... y más aun, puesto que su madre me habló al respecto, encargándome que ayudara a Ada Elisa a revertir esta postura, que también en muchas ocasiones las exteriorizaba en su casa.
Cómo podía ser que una niña tan aplicada, psicológicamente sana, de una familia tan respetuosa y servicial, fuera tan antojadiza y obstinada, y no contestara a su docente, ni aún a veces a su madre; ni siquiera rogándole.
Al reponerse, luego de unos minutos, de su propia arbitrariedad, volvía a su mirada huidiza, manteniendo la vista en la persona que le hablaba, por escasos segundos, luego miraba a cualquier parte para no sentirse registrada.
Ante un requerimiento de trabajo se adaptaba ante cualquier cosa con tal de cumplir su tarea, siendo en este concepto, por demás responsable y aplicada; se diría que su forma de ser la condicionaba a buscar un escape para permanecer ocupada el mayor tiempo posible. Una intranquilidad interior la empujaba a estar siempre con una tarea.
Durante varios meses estuve estudiándola, ofreciéndole afecto, cariño, quería romper la barrera que la separaba de mi, pero no podía. Jamás encontraba el camino.
Con Ada Elisa, había que manejarse con mucha sutileza, cualquier palabra, por más suave que fuera, pronunciada en un tono de voz considerada por ella desagradable, malograba cualquier intento de acercamiento.
Cierta vez le observo la carpeta y dándome cuenta que no había entendido racionalmente el algoritmo de las divisiones, me siento a su lado, y le pregunto si no había comprendido la ubicación de los números en una división... tengo que reiterar la pregunta, pues no se anima a contestar, cuando se decide, lo hace moviendo negativamente la cabeza, entonces suavemente comienzo a darle una explicación muy personalizada. A la tercera vez que hacemos una pequeña división, por una cifra, con el ábaco y no logra ubicar aún la unidad o decena sobrante después del reparto, mi insatisfacción iba en aumento. Entonces tomábamos un dividendo con un divisor de una cifra exacto, y comenzábamos de nuevo e inmediatamente empleábamos un dividendo impar con divisor par, para luego volver a la primera operación. De esta manera establecíamos, en la práctica del reparto, la diferencia: el sobrante que se producía en una división inexacta. Es decir, sabíamos porqué sobraba uno. Esta aplicación me aprecia “muy completa”, pero en la práctica no resultó así, dado que Ada no hallaba la ubicación del sobrante en la ejecución gráfica de la división que hacia en su carpeta; no entendía porqué y adonde había que colocar la diferencia.
Tal vez me sobrestimé al pensar que; con mi “brillante” explicación, la niña había adquirido el mecanismo de trabajo. La cuestión era que no entendía aún, cómo trasladar a la carpeta lo que hacia en el ábaco. Entonces incurro en el error de decirle “¡pero usted está muy tontita hoy!”, “¿qué le pasa?”.
Un ligerísimo movimiento de cabeza, simultáneo a una mirada perpleja, que, en décimas de segundos se vio humedecida por sus lágrimas, fue su más contundente respuesta, al tiempo que ocultaba su rostro con el antebrazo y las manos.
Debo reconocer que el hombre muchas veces peca de ingenuo o de cándido, pues no lograba darme cuenta del verdadero  motivo de su llanto. En honor a la verdad, debo decir que tal epíteto fue formulado con total cordialidad y respeto. Tal vez por eso no lograba entender el porqué de su desazón.
Como la prejuzgaba con una cierta oposición hacia mi, intento darle coraje, adoptando una actitud confiable, despojado de todo autoritarismo o arbitrariedad y con el tono más amistoso posible le pregunto.¿me tienes bronca José?!!, moviendo su cabeza, contesta que no  - sigo insistiendo...   ¿Te sientes inferior a los demás chicos?... no contesta al instante, noté que su ser se conmovía; no obstante... reitero la pregunta y al cabo de unos segundos mueve su cabeza afirmativamente y con voz entrecortada por el llanto, la emoción y tal vez por el deseo de salir de ese complejo que quedaba al descubierto, logra decirme: “¿¡y usted también me dijo tonta!?”.
Entonces le cubro su rostro con mi brazo y ella apoya su cabeza en mi pecho, ¡como pidiéndome disculpas por lo que acababa de decir!.
Previendo que había llegado a la raíz del problema le digo suavemente ¡yo no te dije tonta!... ¡te dije tontita!... ¡que no es lo mismo!... ¡y... “cariñosamente”, así que... ese no es motivo para llorar!!.
José, le dije, al tiempo que acariciaba su cabello... ¡no quiero verte llorar nunca más!... ¡tienes que estar tranquila; vos no sos inferior a nadie, no entenderás tan rápido,  pero eso no significa ser  menos!.
- ¿Quién te dijo que vos sos inferior a las demás?, ¿No será que vos sola te sientes así?.
- Déjame decirte una cosa  -
La única que cree que no sirves sos vos, el resto de la gente no piensa nada de ti: ni que sirves ni que no sirves. Vos debes demostrarte a ti misma la superación de todos tus problemas.
Posteriormente le digo: ¡nunca más debes llorar por cosas como ésta!, - ¡deseo que mires a la gente cuando te hable, o le hables!, ¡que le mires a los ojos, que no bajes la vista nunca!.
¡Solamente si alguna vez robas, o haces algo malo, indebido o deshonesto, tendrás que bajar la vista, pero sino jamás!.
A este punto “La Josué” ya se animaba a mirarme por algunos segundos, su confianza la había tranquilizado, y mis palabras, aún creo, la apoyaban haciéndole perder el temor de sentirse inferior a sus compañeros.
En ese momento levanto la vista, con mis ojos un poco húmedos, encuentro una alternativa, la única, y, sin duda, la mas valedera,  me aferro a ella para que a través de mi relación “La José” cambiara, que tomara coraje y fe en si misma; que no llorara ante cualquier adversidad, que fuera amable, cariñosa, que besara a las personas en el saludo, sin tener vergüenza y sin que fuera un beso huidizo, como de compromiso.
Puse toda mi incipiente fe en esa alternativa, le di unas palmadas en su hombro, un beso en su cabeza y le hice acompañar por Romy; su amiga y confidente a dar un paseo por la escuela hasta que terminara esa hora de trabajo.
Ambas salieron muy contentas. La José era muy confidente con su amiga, siendo de una formación muy parecida, se entendían  muy bien, además ésta apoyaba mis palabras y hacía lo imposible para que su amiga cambiara, pues había observado las desubicaciones de la José y no estaba de acuerdo con su forma de ser.
En los días sucesivos, a medida que continuaba con mi apoyo, comencé a percibir una sensible evolución en su actitud; paralelamente entendíamos, que el hecho de reconocer una postura negativa, posibilitaba a una persona, iniciar una transformación positiva.
Elisa había superado una barrera, un obstáculo que le impedía proyectarse intelectual y expresivamente, es muy posible que en su vida futura, necesite, de su entorno y de las personas con las que se relacione, un cierto grado de tolerancia a fin de completar, su maduración.
Lo cierto es que a partir de ese incidente “La José” saludó con vehemencia, sin importarle si era observada.
Comenzó a relacionar con solvencia y dinamismo los algoritmos de las operaciones de matemática ¡¡incluyendo divisiones!!. Y al finalizar ese cuarto grado, Ada Elisa, “La José”, se había convertido en una alumna aventajada, con potencialidades aún no utilizadas ni por ella descubiertas, y con una disposición ampliamente satisfactoria.
Cierto día, ante un acontecimiento de características parecidas; en otro alumno, dirigiéndome a toda la clase, remarqué el suceso de “La José” diciéndoles: ¡”en la vida, uno puede cambiar; simplemente  debemos reconocer donde fallamos”!; ¿No es verdad José?.
La José, con su rostro límpido; sin inhibiciones, esperó a que los chicos la miraran y decidida y estoicamente movió su cabeza en forma afirmativa.
 

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Otros títulos que contiene el libro:

La caja
El docente
Mis memorias en la docencia
El reloj
Una recuperación de espacio
Sarmiento
El bolígrafo
Las actitudes del docente
El cohorte
El piquillín
Mi subliminal despedida
11 de setiembre
Cartas a modo de despedida

* Puede conseguir este libro editado en Rosario de Santa Fé 87, Córdoba, Argentina; o bien puede ponerse en contacto con el autor al Tel.: 0351-4610653
 


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