Libro Publicado y presentado
en Feria del Libro 2000
Córdoba, Argentina
Impreso en Foja Cero Editora.
Duarte Quirós 181. Córdoba,
Argentina.
Queda hecho en depósito que previene
la ley 11.723
Juan A. Montiel. 2000
ALGUNAS PALABRAS
Si tiempos mediantes, estas expresiones
son el puntapié inicial para otras,
se habrá cumplido la razón
de haberlas escrito,
recién allí habré
franqueado el obstáculo
que me separa de lo mediocre.
PRÓLOGO
SER DOCENTE
Desde el punto de vista de
su profesión, el docente está llamado a desarrollar una sublime
misión; dependerá de él lograrlo o no; si opta por
ser un guía, tal vez llegue a ser protagonista directo de
grandezas o de infortunios, fruto de lo que pueda realizar alguno de sus
alumnos.
El maestro que pretenda transformar
a su país en una nación; según José Ingenieros,
no deberá pensar que en una escuela “trabaja”, sino que “comparte”,
las horas con personas, que al finalizar cada una de sus etapas, deberán
demostrar involuntaria y naturalmente la pesadumbre por tener que dejarlo,
lo cual se dará si aquél realmente lo merece. El docente
que no piense así, seguramente al finalizar su profesión,
NO encontrará la grandeza a la que estuvo llamado.
El educador falto de sinceridad,
honestidad y justicia, que no predique constantemente con el ejemplo, “podrá
guiar” a sus alumnos en la correcta investigación de cualquier tema,
y ellos lograrán fijar, tal vez, muy bien los conocimientos, conseguirá
darles clases entretenidas y de resultados positivos. Pero su “personalidad”
no quedará impresa en el alma de los niños y su figura pronto
desaparecerá de sus recuerdos.
Los niños, movidos por el
impulso mismo de la naturaleza, buscan un modelo de persona y allí
estará el maestro siendo la vidriera de lo que necesita: Si el educador
hace de los buenos hábitos la “práctica constante de todos
los instantes” como dice Juan Bautista Alberdi; será el arquetipo
de lo que éstos buscan, de lo contrario su paso o relación
con ellos será efímero y podrá tener otras connotaciones
pero no la perdurabilidad que debiera.
Sería lastimero, y
tal vez grave, que un maestro defraude a un alumno que esté en búsqueda
de elementos que después serán hábitos, buenos o malos,
según lo que el niño gravó, fruto de la observación
de su guía. Suele ser común escuchar de boca de algún
alumno, comentarios adversos de los maestros, ya sea en cuanto a su comportamiento
personal en la calle, como a su desenvolvimiento en el grado.
Es delicado o grave, que un docente
no pida disculpas a su alumno cuando se equivoca, lo prejuzga, lo subestima,
lo juzga y hasta a veces lo castiga, aún, sin muchos fundamentos.
El maestro que se siente agraviado
cuando su alumno adquiere mayores conocimientos que él en algún
tema, demostrará la chatura de conciencia y la soberbia que rigen
su accionar.
Muchas veces la arrogancia domina
a las personas y se puede llegar a coartar cualquier manifestación
de conocimientos expresados por alguien a quien se lo “considera
inferior”.
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INTRODUCIÓN
En el año 1984, dando clases
como maestro suplente en un colegio de la ciudad de Córdoba, en
5º grado, un alumno con muy buena expresión oral, con capacidad
de transmitir un tema con la mayor claridad, se animó para exponer,
en días posteriores, sobre una cuestión que la escuela
tiene como obligación hacerlo estudiar a fondo: “La división
de poderes en los sistemas democráticos”. El control que debe ejercer
uno sobre el otro a fin de evitar que uno de ellos haga cosas mas allá
de lo que le corresponde; lo cual, dándose en la práctica
nos ubicaría ante una “verdadera democracia “.
El niño habló muy
bien, para toda la escuela, cosechando aplausos de la mayoría de
los chicos, sobretodo de los grados mas altos. Su explicación fue
clara y concisa, con buena “sintaxis oral”, dando muestras de conocer el
tema a fondo, pero... al finalizar su segunda exposición, tal vez
con poca diplomacia, dada su corta edad, pero con toda la convicción
y la honestidad de estar haciendo las cosas bien, puesto que a esa edad
ya tenía en su conciencia el registro de la importancia de su exposición;
dijo: “en la próxima charla les explicaré sobre los proyectos
de leyes”. Esta expresión del niño desató la abierta
oposición de la vicedirectora, cuando absurdamente cuestionaba!.¡Pero
mírenlo a ese negrito... diciendo que nos explicará!.
Al resultarme incoherente
la postura de la señora, traté de revertirla, pero no lo
conseguí - el temor no vencido aún en mí - impidió
darle una respuesta convincente y modificar su negativa. Pedí disculpas
al alumno, explicándole que estaba orgulloso de ser docente de una
persona de sus características, comparándolo con Sarmiento
cuando enseñaba a leer y escribir a personas mucho mayores que él,
dado que en esa oportunidad, el niño estaba comportándose
como aquél.
Tal vez en la conciencia de esta
señora estaba impreso, que No seria honorable respetar a ese niño
porque era un alumno de la escuela; o porque siendo ella la autoridad a
quien se le debía obediencia no podía hacerlo. O porque consideraba
que ese tema carecía de importancia y juzgaba que se perdía
tiempo con su alocución.
La posición en cualesquiera
de las alternativas es grave; no respetaba a una persona, que por otro
lado era su alumno, coartando la “oportunidad que tenía la población
escolar” de iniciarse en el conocimiento de algo muy significativo.
El tema tratado por el
alumno era en extremo importante; primero: por su contenido en sí;
Segundo: muy pocos, tal vez estaríamos o estábamos
en condiciones de explicarlo y Tercero: el país entraba a
la democracia, lo que para la gente de edad escolar era algo totalmente
nuevo y útil.
Con la decisión de aquella
mujer, de no permitir que el chico siguiera dando esas charlas, sin lugar
a dudas, perdimos todos y ella más que cualquiera, porque demostraba
su falta de mesura, tolerancia, capacidad de escuchar; “cualidades” éstas
que forzosamente deben “acompañar” a toda persona y especialmente
“al docente”.
¿Suceden estas cosas
en la escuela actual?, - no solamente suceden sino que sucederán.
La primera capacitación al docente debe apuntar a que él
sea mejor persona, enseñarle a ser humilde, comprensivo, tolerante,
“enseñarle a escuchar”.
Cuando a través de esta
hipotética capacitación, el docente haya logrado hacer un
hábito de esas cualidades, que lo harán conseguir una verdadera
transformación individual, se podrá encarar cualquier otra
por más compleja que sea.
Innumerables hechos corroboran
esta expresión. En los colegios la dirección comunica las
obligaciones que debe agendar cada uno de los docentes, a fin de cumplir
lo más eficientemente posible con la planificación institucional,
o cualquier dato que esta considere importante: Feria de ciencias, Fechas
Patrias, etc., Para tal fin, usa, generalmente, un cuaderno común,
foliado, a efectos de ofrecer seguridad en su total conservación.
Cierto día llega; como de costumbre, a manos de los docentes
el comentado cuaderno en el que aproximadamente se leía lo siguiente:
los docentes deberán preveer el tiempo que les demandará
esa actividad a fin de...luego de dejar firmado el comunicado en el lugar
respectivo y agendar el compromiso en mi carpeta de trabajo, simultáneamente
escribo con distinto color de bolígrafo, sobre el mismo vocablo,
la palabra correcta, la que se distinguía del total de la escritura.
Al día siguiente aparece la directora, a las trece horas, en la
formación previa al ingreso de clases, trayendo el cuaderno en su
mano derecha y con un semblante que expresaba la extrema incomodidad que
le embargaba. Acercándose a dos maestras que estaban a poca distancia
entre sí, visiblemente molesta, les pregunta: - ¿Quién
ha osado corregirme el cuaderno de comunicados?; habiéndola escuchado,
asumo inmediatamente la responsabilidad, diciéndole - Lo corregí
yo, porque está mal escrito ¿Cómo
que está mal escrito?. La palabra está bien, el que está
mal sos vos!. Aún sabiendo que en mi entrometimiento no había
error alguno; le pedí disculpas regañándome por mi
atrevimiento, lo que logró mejorar un tanto su semblante.
El mismo día, después
de llegar a la casa, busqué una enciclopedia, saqué fotocopias
y al día siguiente, ante el habitual encuentro de docentes y directora,
en la cocina, lugar incómodo y poco propicio para reuniones; extraje
la fotocopia y se la presenté a la directora ante la vista de siete
docentes más. Ella observa la palabra Prever al tiempo que su tez
adquiría paulatinamente una visible palidez y como su nivel de funcionaria
no le permitía admitir fallas o errores, atinó a decir -
mirá vos, yo estaba convencida de que era “Preveer”, siempre lo
escribí así. Lo curioso del caso es que no tuvo la humildad
de aceptar su error y, lo que fue peor aún, lo siguió escribiendo
y pronunciándolo mal.
Este tipo de obstinaciones propias
de posturas mediocres NO debería existir en personas que tienen
bajo su responsabilidad a seres en formación. Arraigadas en los
docentes, estas actitudes son por demás dañinas, puesto que
paulatinamente la sociedad se transforma en lo que cada uno de los docentes
somos. Jamás en los años de docencia escuché a ningún
colega decir:
- Los chicos contestan mal
porque YO tengo la culpa. Cualquier motivo es excusa para deslindar responsabilidades.
Los padres tienen la culpa, es lo que se escucha decir permanentemente,
lo cual tiene mucho de verdad, pero...¡los padres fueron formados
por docentes!, que ya no están en su función. Tal vez pueda
pasar lo mismo con el hijo de un señor, que cuando alumno pasó
por el control de un determinado docente, seguramente con el tiempo ya
no será tal, pero sí, el culpable de las faltas de hábitos,
de buenos modales de educación que no se le supo despertar, razón
por la cual no podrá trasmitir a sus hijos.
Si el docente frente al grado,
se comporta “Permanentemente” pensando que está educando al futuro
policía, diputado, senador o presidente y obra de acuerdo a ello,
demostrando el sentido de la honestidad, de la vocación de servicio,
del respeto a su bandera, de la paciencia, del amor a su prójimo,
sentirá seguramente el placer de haber cumplido las expectativas
a las que fue llamado; percibiéndolo en el saludo y el abrazo que
le manifieste quien simplemente haya recibido sus servicios: Su alumno.
CAPITULO 1
EL ÁRBOL
En toda escuela, ocurren a diario
cosas trascendentes e intranscendentes, conmovedoras o reprochables.
¿Qué docente,
en una reunión social con sus colegas, no comenta cosas de sus alumnos?.
En muchísimas ocasiones, hablando de las carencias de afecto que
en innumerables casos se ve muy bien reflejado en ellos: la falta de buenos
hábitos, la agresividad de muchos, en fin, cosas que,
necesariamente al parecer tienen que pasar en cada una de las escuelas.
Seguramente en alguna de ellas habrá ocurrido algo semejante: Pasando por frente a un grado, un niño solicita que alguien también registrara la confirmación de un hecho que acababa de cometer otro de sus compañeros de grado. Aquel comienza a hablar diciendo a algunos docentes reunidos, inclusive a su maestra, que su compañero había orinado un árbol en un sector alejado del lugar; señalando al mismo tiempo, el sitio aproximado en donde había ocurrido el hecho.
CAPÍTULO 2
EL ÁBACO
Un
día del mes de Julio, como de costumbre, después de almorzar
con los chicos entramos al aula dispuestos a utilizar un elemento muy antiguo,
de fácil estudio y aplicación, a fin de agilizar la comprensión
de la mecánica operatoria de los ejercicios de aritmética:
El ábaco, era una clase de esta ciencia la cual resultó muy
beneficiosa, a pesar de no tener muy clara la idea de los efectos que en
esa oportunidad podrían producirse. Estábamos trabajando
con sumas y especialmente en divisiones, con resultados altamente positivos,
dado que esta operación permite a los chicos proyectarse en contenidos
de grados más avanzados, tal, por ejemplo, la comprensión
de los criterios de divisibilidad. Estaba orgulloso de que mis alumnos
habían podido llegar al modo de expresar con solvencia y sin peligros
de equivocación, la divisibilidad de un número por otro,
usando el razonamiento lógico y concreto. Eran chicos de cuarto
grado, cuyos valores intelectuales habían sido poco potenciados.
Lo cual hacia que ¡ese día trabajando con una resta!... la
cosa podía ser totalmente complicada.
Habíamos escrito en el pizarrón
dos números, de los cuales a uno teníamos que sustraerle
el otro. Para esta operación utilizábamos tres ábacos;
el tercero sin ninguna ficha, se completaría a medida que se resolviera
la operación - es decir - seria el resultado; y cada uno de los
otros representando minuendo y sustraendo respectivamente.
Los chicos habían empezado
a trabajar en ese año con el ábaco, y a pesar de estar en
cuarto grado, no dominaban la forma concreta de las transferencias a decenas,
etc. ¡tampoco tenían suficiente solidez en el algoritmo de
la sustracción!; si el maestro escribía: ordeno y resto 735
y 586. a los chicos les resultaba mecánico escribir el primer
número como minuendo y resolver la operación. En cambio si
el maestro astutamente anotaba: ordeno y resto: 586 y 735; como el día
del ábaco también tomaban el primero como minuendo, lo que
en la mayoría de los casos hacia que se confundieran. A mi criterio,
apreciaba esto como hábito acomodaticio de una sociedad, que considera
el trabajo Y la investigación como un fastidio, en donde la mayoría
piensa a través de otro, sin prever las consecuencias.
Para realizar la resta del ejemplo,
tuvimos que procurarnos de varias fichas de unidades y de decenas
para los cambios: sacando una decena del minuendo (siempre con el ábaco),
la cambiábamos, por unidades, las ubicábamos en el lugar
respectivo y de esta manera juntábamos 15; le sustraíamos
6 (lo que mandaba el segundo ábaco) y “anotábamos” el resultado
de las unidades en el tercero.
Luego sacábamos una centena
del minuendo, la cambiábamos por decenas, las ubicábamos
en este lugar, juntándolas con las 2 que habían quedado,
de esta manera teníamos 12; a las que le quitábamos las 8
que decía el sustraendo del 2º ábaco. Y “anotábamos
“ el resultado de las decenas en el tercero.
Por último poníamos
en éste el resultado de la sustracción de las centenas que
ya hacíamos en forma directa con las fichas correspondientes que
habían quedado-.
Costó bastante hacer
esta operación y, aunque parezca poco pedagógica esta actividad,
en honor a la verdad fue muy enriquecedora y muy participativa-.
Habían trabajado tres
chicos sosteniendo los ábacos que los tenían ubicados en
los lugares respectivos; otro que cambiaba las decenas por unidades, un
quinto alumno que hacia lo propio con las centenas por decenas; ambos
colocándolas en su lugar; otro que “anotaba” el resultado en su
ubicación respectiva, y el maestro controlando desde el fondo del
aula con toda la clase opinando, sugiriendo y mandando dónde debía
el alumno respectivo colocar unidades, decenas y centenas, ya fuera en
el primer o en el tercer ábaco.
Tocó el timbre y los chicos
inmediatamente se dispusieron a salir al primer recreo.
-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-
MARIANA
Siempre dentro de un grupo de personas,
y, tal vez, especialmente de niños, hay alguno o algunos que están
a la expectativa por el timbre, y ni bien escuchan su sonido, cierran su
carpeta, muchas veces bajo cualquier condición; recogen sus cosas
en contadísimos segundos y generalmente en forma simultánea
hacen abandono del aula. Una de esas personas es Mariana, quien es una
alumna muy particular: movediza, falaz, antojadiza, casi constantemente
inoportuna, muy extrovertida con sus compañeros y dotada de un cierto
liderazgo natural, lo que hacia que las personas de condición parecida
a la suya la siguieran con un innegable temor.
Ésta salió al recreo,
presurosa, sin haber guardado todo; por detrás lo hicieron los demás.
Otra alumna, que permanecía
en el grado y cuyo nombre no viene al caso, se acerca, mostrándome
un ábaco que traía en sus manos, y me dice: Profe... ¡este
ábaco es mío, Mariana lo tiene desde que a mi se me desapareció,
ella me lo sacó; ¿se acuerda que yo le avisé cuando
se me perdió?, y usted preguntó a todos quien lo tendría?,
y lo rayó aquí señalándome una de sus caras,
que podría ser el frente en donde ella le había impreso su
propio nombre y apellido - ¡pero lo mismo se nota mi nombre!; ¿ve?,
- ¡es cierto!, -contesté- y después de observarlo con
detenimiento, lo tomé y lo ubiqué sobre un botiquín
como de primeros auxilios, que estaba detrás de la mesa de trabajo,
en donde guardábamos tizas u otros elementos de uso cotidiano, y
salí también al recreo, junto con el resto de los alumnos
que todavía quedaban.
Tuve la expresa precaución,
de llegar primero que los alumnos a la puerta del aula. Uno a uno fue traspasando
el umbral y ubicándose en su lugar correspondiente - Mariana no
aparecía. Estaba con su grupo, lejos, cuando se incorpora y me registra;
se da cuenta que la estaba esperando, emprende el regreso al
aula y con ella su grupito.
Cuando llegan, impedí
el ingreso de Mariana preguntándole si no había pensado llegar
normalmente al grado ¡¡alguna vez !!.
Como docente, pensaba en su futuro,
no tan solo en su faz cultural sino también como ser humano, frente
a la sociedad. La vida que llevaban las personas de su entorno tampoco
la favorecían, es mas la impulsaban a lo fácil, sin límites.
Veía, tal vez, anticipadamente el futuro no muy claro de Mariana.
Pero... dejando el pensamiento de lado la interrogué directamente:
¿El ábaco que usaste,
es tuyo?.
- ¡¡Si profe!!… contesta
sin inmutarse, pues con habilidad acomodaba su rostro a fin de mostrar
gran sorpresa por esa pregunta.
- Me dijeron que no; afirmé,
poniendo seguridad a lo que decía.
¡Si profe!!, me lo compró
mi mamá... y mi prima me regaló otro que después se
lo di a...
¡¿Mariana!?, la nombré
en un tono grave haciéndole notar la incomodidad que producían
sus palabras al saber que no eran ciertas.
Si dices la verdad todo quedará
entre nosotros (incluyendo con un ademán el resto de los alumnos)
y nadie más se enterará. Si profe... contesta en el momento
en que sus ojos comenzaban a humedecerse. Esperé un tiempo prudencial,
a fin de que ella recapacitara. Como no contestaba admitiendo su autoria.
Al cabo de algunos segundos dije:
-Mirá Mariana... voy a hacer
todo lo posible para echarte del colegio mañana mismo si sigues
mintiendo. Y... con esta presión ya no pudo aguantar más
y escapándosele el llanto, movió la cabeza negativamente.
De inmediato busqué el equilibrio y cambiando el tono de voz pregunté
si había robado otra cosa, - No profe... contesta con un principio
de tranquilidad. Acepto como cierta esta segunda respuesta aún sabiendo
que era falsa, pues el objetivo ya se había cumplido con la primera.
Bueno Mariana,... ahora tendrás
que decirle a los chicos, la verdad de lo que hiciste; ¡lo del ábaco!
- Espera unos segundos y llora, casi desconsoladamente. ¡Tienes que
pedirles disculpas a ellos dado que has permitido que todos dudáramos
de todos. No... no puedo, contesta sollozante. Entonces tendré que
hacerlo yo...dije.... tal vez autoritariamente?, y abriendo la puerta del
aula hacemos el ingreso al interior de la misma.
Al instante el resto de los
chicos, que habían estado expectantes, haciendo seguramente sus
supuestos comentarios, dado que no conocían el tema, se sientan,
cada uno en su lugar y se quedan callados, esperando una orden de trabajo
o una explicación de lo que, medianamente tras el vidrio, acababan
de ver.
Ambos permanecíamos parados
frente al aula, yo mirando de frente a todos; y Mariana, exhibiendo tres
cuarto de perfil, semigirada hacia el lugar que me encontraba y con la
vista perdida en la superficie del piso.
Sabiendo que ella no rompería
el silencio comencé preguntando: ¿Quién trajo hasta
aquí este ábaco?, la niña que había advertido
que el mismo era de su propiedad, levanta la mano y contesta: ¡Yo...
profe!, ¿porqué lo trajiste?, - porque me di cuenta que era
mío- responde. ¿y quién lo tenía?, Mariana.
Afirma con seguridad. ¿Es cierto eso...Mariana?. con lágrimas
en los ojos y con un marcado sollozo responde: Si... profe. Tras esta respuesta
hice sentar a Mariana y pedí a los chicos que por favor no se dejaran
vencer por el deseo de poseer algo que no está al alcance
de uno - si no lo podemos comprar hoy - algún día será
- y si nunca llega... mala suerte; pero jamás recurramos a lo ajeno.
Los chicos escuchaban y asentían
todo esto con una atención y avidez sorprendentes. Y concluí
pidiendo perdón a todos por haber dudado de ellos cuando días
anteriores, al haberse perdido ese ábaco, les preguntaba por él,
y solicitándoles casi con exigencia que no hicieran comentarios
de este suceso poniendo a Mariana como protagonista, pues era algo desagradable
que no debía comentarse.
Pasaba el tiempo y constantemente
observaba a Mariana, no notaba en ella verdadero arrepentimiento, su conducta
era la habitual, como si no hubiera pasado nada; ¡casi no lo podía
creer!, No observaba ni un mínimo sentimiento de culpa en ella aún
habiendo quedado al descubierto!. Parecía dominada por un impulso
interior en hacer lo contrario de lo que fuera correcto, me resultaba
muy difícil trabajar en la huerta, por ejemplo, pues mientras observaba
la labor que supuestamente ella también tenía que hacer,
en cuanto algún niño requería mi atención,
en fracciones de segundos, Mariana sin reparar en los canteros sembrados
o transplantados, se deleitaba pisoteándolos con alguien que ella
había instigado; ya fuera corriendo tras él para agredirlo
o burlarse… o adelante suyo, escapando del asedio del provocado. De esta
manera siguió liderando el grupo de gente de sus mismos principios
y amedrentando a alguna que, al darse cuenta de sus malos consejos, no
la quería seguir.
Cierto día llamé
a su madre a la escuela y, tras un breve relato de lo sucedido con la sustracción
del ábaco, ésta manifestó que siempre le echaban la
culpa a su hija de todo lo que pasaba, que el año anterior la responsabilizaban
de cosas similares... quiso darme otros ejemplos y la interrumpí,
no era lo que medianamente esperaba, ¡la veía tan lejos de
la cordura!... simplemente atiné a decirle: señora, debemos
tener cuidado con Mariana, ella necesita límites y si usted no se
los pone no nos está ayudando en nuestra tarea y mucho menos la
ayuda a ella y, tal vez algún día pueda arrepentirse;
pero veía que la señora, simplemente me permitía hablar,
era poco o nada lo que escuchaba, parecía que le daba lo mismo
hacer de su hija una persona digna, respetuosa, enemiga de poseer lo ajeno,
o dejarla librada al azar. Así terminó ese cuarto grado,
y aún sin corresponderle Mariana acompañó a sus compañeros
rumbo al quinto.
Es muy común, en la escuela
actual, que un niño pase de grado sin que esté en condiciones.
La política educativa, es que ningún niño se quede
sin instrucción, lo cual es correcto. Lo que NO es correcto que
las escuela tengan que “amontonar” niños en un grado a veces
más de 40, haciendo un ambiente irrespirable e incontrolable.
De manera que si un docente deja de grado algún chico, “se adosa”
a los que vienen, “agrandando” el número de niños y el resultado
es un caos total.
A un año de por medio, por
esos cambios de ubicación de personal que se llevan a cabo en los
colegios, a Mariana no le quedó otra alternativa que enfrentar
la situación y ser nuevamente mi alumna, dado que fui removido
a sexto grado. La tarea de ese año se tornó agotadora, con
dos chicas amigas de Mariana, algo mayores que ella, que venían
muy cuestionadas del otro turno, alteraban el ánimo del mas avezado
profesional. La relación de esas dos chicas con Mariana fue muy
perjudicial; más aún después de que las tres, junto
con otras tres, fueron protagonistas de otro robo en la escuela.
El candado del armario no resultó
un obstáculo para las habilidades manuales de Mariana y de Clara,
(una mas de las que conformaban el grupo de las seis). Habían tomado
conocimiento que en el interior de ese mueble estaba el acopio del dinero
de mi colega, que conseguía a través de rifas, de la venta
de pastelitos u otras golosinas que los chicos traían de sus hogares.
Ese dinero para ellas, seria una cantidad considerable. Al abrirlo se encontraron
con un monedero que contenía $ 20; quedándose ambas con $
12; compartieron el resto del botín con las otras 4.
A partir de allí, todos
los demás, incluido los docentes pasamos a ser víctimas de
por lo menos cuatro de ellas.
.Cuando detectamos a las autoras,
intervino en el asunto la directora, conminándolas a devolver el
dinero sustraído, mas otro tanto igual a éste en concepto
de indemnización.
Esta orden condicionante e imposible
de hacerla cumplir, que al impartirla, casi se cometía el mismo
delito que el mencionado, hizo que tres de ellas devolvieran lo que habían
recibido (sin el aporte de la parte adicional). Las mas comprometidas,
Mariana y sus amigas no solo no tenían la intención de devolver
nada, sino que se vanagloriaban de su hazaña. Como los perjudicados
insistíamos en la reintegración de lo sustraído, otra
de esas tres, hija de un matrimonio de no muy claros procederes, acostumbrados
a promover disputas, a hacer entre ellos causa común en contra de
alguien, teniendo éste razón o no; tergiversó y magnificó
mis palabras acusándome a su madre de que la marginaba caratulándola
de ladrona y sinvergüenza. La señora “escuchó” a su
hija, aún sabiendo que ella había robado y se presentó
al colegio hablando previamente con la superioridad a quien le manifestó
el motivo de su visita, obviamente, en total oposición a mi continuidad
en el colegio y especialmente como docente de su hija.
La directora, que quería
quedar bien con ambas partes me mandó llamar y ya frente a ambas,
escuchó lo que la mujer muy alterada y en tono amenazante afirmaba:
“Usted es una persona indigna de estar al frente de un grado porque no
mide sus palabras y discrimina a mi hija, delante de todos, calificándola
de ladrona ¡y se lo voy a decir delante de sus alumnos!”.
escuché calladamente
lo que esa persona decía en tono amenazante, ¡como si fuera
dueña de casa!, sin encontrar objeción alguna. Al final expresé:
Mire señora: si usted tiene alguna acusación grave hacia
mí, deberá tener pruebas, de lo contrario tenga cuidado!.
Y salí inmediatamente; entendí que agregar otra cosa tal
vez, resultara perjudicial.
Los chicos estaban en el recreo,
algunos esperándome alcanzaron a decirme que esa mujer había
venido al colegio para acusarme, de acuerdo a lo que le habían escuchado
decir en un negocio de su barrio.
Suena el timbre para el ingreso
de otra hora de trabajo; cuando estaban todos les solicité que por
favor, si venia al grado esa persona con la directora se portaran lo mejor
posible porque estábamos atravesando por un serio problema.
Termino de decirlo, cuando ambas personas hacen su aparición; los
chicos se pusieron de pié para saludar; luego de lo cual les solicité
que se sentaran.
Comienza a hablar la directora
quien manifestó que en ese grado había ocurrido un hecho
desagradable porque un grupo de alumnas había robado dinero de lo
que seis chicas eran culpables, sin dejar que continúe; la mujer
la interrumpe dirigiéndose a mi y con tono amenazante, señalándome
y adelantándose con una actitud por demás provocativa, me
dice: mas culpa tiene usted porque no se educa a una niña tratándola
de ladrona. Aprovecho una pausa de su expresión y dije:
- Si una persona chica o grande,
roba ¿cómo quiere que se la llame?.
Fuera de si, continuó con
otras provocaciones a las que ni siquiera registraba y mordiendo su impotencia,
abandonó el grado y por detrás la directora, que en realidad
protagonizaba un triste papel.
Pasaron muchos segundos hasta que
logramos el mejor equilibrio y, como para que no quedara el incidente,
cortado abruptamente, les dije: Lo que acaba de pasar es algo muy feo y
desagradable; pido disculpas, pero...entiendanmé, a las cosas es
mejor decirlas de frente y sin andar dando vueltas: el que roba es un ladrón
y si a alguno no le gusta; Bueno...que no tome lo que no le corresponde-.
Luego de todo esto, medianamente pudimos desarrollar la actividad.
En la misma semana de este episodio,
Mariana llega a la escuela, almuerza junto a todos, como de costumbre,
pero al entrar a la clase noto inmediatamente su ausencia y comencé
a buscar información sobre el suceso. Me dirigí al grado
inmediato inferior a preguntar a su hermana si tenía conocimiento
que Mariana no estaba en el colegio, a lo que contesta que si, que su madre
la había autorizado a retirarse, lo que me parecía, de serlo,
simplemente una falta absoluta de responsabilidad.
Habiendo escuchado mi colega (la
docente de la hermana de Mariana), interviene diciéndome que tuviera
cuidado, que Mariana el día anterior, - concluida la jornada - estuvo
frente a la escuela abrazada mucho mas que amigablemente con un adolescente
que la había venido a buscar y que no pertenecía al colegio.
La madre de Mariana no dio señal
de vida, a pesar del reclamo de su presencia - ¿Que podía
hacer?, con el escaso apoyo de su madre y la tímida ayuda de la
dirección de la escuela, que no quería compromisos,
me encontré sin ningún apoyo, de manera que Mariana hacia
en el colegio, lo que ella quería, a nadie reconocía como
autoridad.
A partir de ese incidente, en que
la directora, no supo, no quiso, o no le convenía hacer nada, la
niña se tornó inmanejable y con ella las otras dos chicas.
No las podía contener
en el grado, el anhelo de que quedara cuestionado ”a toda costa“ en mi
desempeño, hacia que durante esos 18 ó 20 días que
faltaban para la finalización de las clases tuviera que estar muy
alerta porque las tres salían del grado o directamente no entraban
después de un recreo.
Mariana cada vez mas lideraba su
grupo, a tal punto que en muchas ocasiones tenía que abandonar el
grado y a todos los demás chicos en busca de ella y de su grupo
que reiteradas veces estaban con jóvenes que no pertenecían
a la escuela.
De esta forma, con una situación
por demás delicada, pude sobrellevar; sin complicaciones serias,
ese sexto grado hasta el último día de clases; cuando al
caminar rumbo a la huerta para cosechar un atado de achicoria, con la que
reforzaba mi cena; levanté mis antebrazos y juntando ambas palmas
de mis manos a la altura del rostro, como en señal de agradecimiento;
exclamé: ¡¡gracias Señor: terminaron las
clases.
Después de haber expresado
estas palabras; sentí una angustia en mi interior; nunca me había
pasado algo similar, no entendía y no entendería jamás
las posturas de algunas personas de no querer distinguir lo bueno de lo
malo, sobretodo para trasmitírselo a sus hijos. Me sentí
también mal por ello y agravado por esa sensación que me
producía el hecho de no haber podido decir: ¡¡Qué
lástima: Terminaron las clases!!-.
CAPÍTULO 3
CAROLINA
Los problemas psicológicos
de Carolina, ampliamente conocidos en su Unidad Educativa, tienen sus raíces,
sin dudas, en su hogar: Incomunicaciones, abandono, indigencia, soberbia,
falta de buenos hábitos, agresiones tanto verbales como físicas,
etc., etc. Podrían registrarse también los serios inconvenientes
de sus hermanos con el resto de los docentes, el cotidiano deambular de
éstos hacia la dirección en busca de apoyo, por no saber
qué hacer con ellos.
La dirección, también
con pocas alternativas, porque no solo no contaría con el apoyo
de la casa de Carolina, sino que ante el menor descuido podría verse
también involucrada - por cualquier cosa real o inventada por los
padres o los hermanos de la alumna -.
La agresividad desarrollada y manifestada
sin ninguna inhibición, hacían de ella una alumna muy particular;
no se encontraba persona alguna que no la haya registrado como un caso
muy serio de convivencia. Casi siempre se manifestaba con insultos, con
gestos, con actitudes que reflejaban elocuentes problemas psicológicos,
muy difíciles de modificar, por no decir imposibles!.
Carolina rechazaba la gentileza,
la atención hacia sus semejantes, el respeto, para ella daba lo
mismo contestar bien o mal, no conocía límites en su expresión
oral. Las cosas equilibradas, no solamente eran desconocidas por ella,
sino que se deleitaba en la manifestación de lo contrario, gozaba
insultando cuando encontraba uno más débil, o cuando se enfrentaba
a una persona mayor, pues sabia que en ambas circunstancias ella saldría
aventajada. Parecía que Carolina convivía con las agresiones,
¡¡había nacido en un hogar total y absolutamente conflictivo!!.
Ni
el maestro ni ningún docente podía llamar la atención
a una alumna que estuviera cerca suyo sin que ella no hiciera causa común,
transformándose inmediatamente en su defensora incondicional, si
aquella se sentía incómoda al ser observada por haber hecho
algo indebido.
En los problemas particulares de
Carolina existían, seguramente, muchas culpas compartidas: padres,
docentes, personas de su entorno y hasta compañeros de escuela,
estas personas de alguna manera influyeron en ella negativamente en algún
momento de su vida.
Todas estas demostraciones de actitudes
problemáticas en esta niña, contrastaban con su estética
corporal, de muy buen físico, biológicamente sana, de un
peso y altura acorde a su edad y sexo, de rostro blanco y lozano. Con una
expresión muy particular en su cara, hacia que antes de emitir una
palabra, una contracción muscular de centésimos de segundos
en su comisura labial derecha le daba a su rostro una expresión
envidiada por muchas de sus compañeras de colegio
Cierto día estando en clase,
Carolina ¡cómo era su costumbre!, ni atendía ni dejaba
atender a dos o tres de sus compañeras inmediatas. Le llamo la atención,
lo cual pareció no escuchar. Reitero mi observación, obteniendo
el mismo resultado. Entonces le solicito, no sabiendo si amablemente o
no, que se cambiara de asiento, que se fuera más al fondo, en una
mesa que estaba sin alumnos, desocupada. No respondió ni positiva
ni negativamente. Insistí en mi requisitoria, obteniendo el silencio
y la inacción por respuesta.
Temiendo quedarme sin estrategias
para lograr mi propósito, no proseguí directamente con este
imperativo; me paré con gesto serio delante del grado, sin pronunciar
palabras por unos segundos, al cabo de los cuales dije:... - aquí
parece que nos manejamos con caprichos - pues bien - yo también
me “encapriché “ - no continuamos mas la clase, ¡y de aquí
les aseguro que hasta que Carolina no se traslade y se siente en
el lugar asignado no vamos a salir del aula, ni siquiera al baño-.
Todos los chicos estaban callados,
no volaba una mosca, nadie se atrevía a romper el silencio, la mayoría
de ellos comenzaban a mirarla insistentemente sin entender la dimensión
de sus caprichos . Las otras dos o tres compañeras que siempre
atendían a Carolina cuando les hablaba, me miraban con rencor y
respeto al mismo tiempo, tenían que hacerle percibir a Carolina
que ellas, bajo cualquier circunstancia la apoyaban. No podían dejar
de hacerlo, porque ello implicaría ponerse directamente en su contra
y eso, evidentemente, a ellas no les convenía desde ningún
punto de vista. Tampoco querían ponerse abiertamente en mi contra,
eran chicas que tenían cierto grado de mesura y, por consiguiente
alguna potencialidad para un cambio de actitud, pero temían a la
paliza de Carolina o de ella con sus hermanas.
La tensión del momento iba
creciendo y Carolina miraba con elocuente agresividad, su postura intransigente,
y su escaso sentido de la cordura le impedían aceptar que en este
mundo hay personas que disponen sobre otras o que si alguien les hace ver
un error, por lo menos, sino agradecerlo, aceptarlo como tal. Carolina
no pronunciaba una sola palabra.
Yo seguía parado, serio,
sin inmutarme y Carolina permanecía sentada como queriendo conservar
el lugar a cualquier precio.
De vez en cuando ella levantaba
sus ojos como registrando a cualquier chico que pudiera haber estado en
desacuerdo con su actitud, “todos”, éramos observados por
ella, en fracciones de segundos.
Me di cuenta que esta actitud no podía continuar por mucho tiempo,
corría el riesgo de derrumbarse por su propio peso. Por otro lado
pensé que el autoritarismo, como podría convertirse
mi requisitoria, no es bueno en ninguna circunstancia y sus consecuencias,
muchas veces, lamentables.
Cuando la expectación llegaba
a su máximo nivel, cuando los chicos seguramente conjeturaban si
estarían mucho tiempo o si irían a salir al recreo, inicié
una nueva estrategia; me dirigí hacia ella y le hablé con
dulzura, como haciéndole distinguir que en este mundo hay gente
que procede de otra forma a la que estaba acostumbrada a ver cotidianamente,
y le solicité, con toda amabilidad, en un tono de lo más
cordial posible diciéndole: -Carolina... si vienes conmigo demostrarás
que sabes entender..., yo te acompaño; no te pido que atiendas en
la clase, pero... ¿porqué no dejas a las otras chicas que
lo hagan?... me miró como diciendo... ¡pero no puedo acceder
tan fácilmente!. No recibía respuesta alguna.
Al distraer un tiempo mi atención
pude admirar y comparar la dimensión de espacio, que Carolina
y sus compañeros, tenían para estudiar y desarrollar una
buena actividad áulica; los aproximadamente 37 mts. 2 de superficie
del salón de clases, de una construcción totalmente nueva,
con un aprovechamiento lumínico natural y una arquitectura en su
techumbre a tres aguas que hacían armónica y placentera cualquier
tarea que se desarrollara en él; me lamentaba que fueran tan penosamente
desaprovechados, muchas veces utilizando tiempos irrecuperables tratando
temas parecidos al relatado.
Cuando entendí que había
transcurrido un tiempo lógico de espera le solicité una vez
más... y otra... y otra.
Y por fin la respuesta esperada,
Carolina se levantó con lentitud; como diciendo voy... pero aquí
la que manda soy yo. Habían pasado unos doce o quince minutos, tal
vez veinte.
Los chicos respiraron aliviados
como festejando el triunfo de la sensatez, Carolina se sentó en
su nuevo lugar, aceptado finalmente, y comenzó a integrarse a la
clase, que, después de algunos segundos pudimos retomar.
Después de 2 ó 3
días de trabajo, Carolina continuaba sentada en su nueva ubicación,
sola, aislada, sin acompañantes, me pareció al observarla,
que se sentía incómoda, tal vez triste o muy posiblemente
humillada.
Intrigado por la actitud que tomaría
Carolina si volviera al lugar que ocupaba anteriormente...demostrando que
había logrado modificar su obstinación, caprichos, irrespetuosidad,
ya que estaba en una lucha interior por cambiar o seguir como siempre.
En décimas de segundos tomé la decisión de evaluar
el grado de equilibrio psicológico, sinceramente me pareció
que ella había modificado en gran parte su resistencia a acatar
órdenes, no solo con respecto al sitio que debía ocupar,
en ese o en cualquier momento, sino también su adaptación
a determinadas circunstancias que el tiempo exigiera, sin mostrar oposiciones,
ni excesivas incomodidades.
Me dirigí hacia ella y le
pregunté: ¿quieres quedarte aquí o sentarte en donde
estabas?. Al instante se le iluminaron los ojos; ¡decía tantas
cosas con la mirada?!, ¡tiene miedo de dejarme aquí!, o...
¡hay alguien que me quiere!... No se animó a expresar palabra
alguna e inmediatamente comenzó a levantarse.
Al día siguiente, o al tercer
día, ocurre exactamente el mismo episodio. Carolina ni atendía,
ni dejaba atender a sus compañeras inmediatas.
Le solicité que se traslade
de asiento... ¡Al que había ocupado anteriormente!, y... no
lo conseguí. Por un momento pensé en repetir todo el procedimiento
descripto, pero instintivamente me di cuenta que la reiteración,
tal vez fuera inútil u obsoleta. No necesariamente las acciones,
por más idénticas que sean, salen bien dos veces, y... abandoné
mi pensamiento.
¡Tenía el resultado
de mi evaluación!, no era el óptimo, el deseado, me sentí
triste, derrotado, no porque Carolina no me hiciera caso, sino porque a
partir de ese momento hice lo que venia haciendo todo el mundo con ella:
¡Tenerla como un número mas en la clase, o en cualquier lado,
sin importarme si aprendía o no.
No quería hacer notar mi
incomodidad, simplemente pretendía que los chicos comprendieran
que “Solo se puede enseñar o educar a quien quiera aprender más
o ser mejor cada día”. Carolina no estaba, seguramente, en condiciones
de elegir ni lo uno ni lo otro, mucho menos la mesura, - se sentía
triunfadora - ¡y en cierta forma lo era!, desde ese momento haría
lo estrictamente necesario y obligatorio ante mis requerimientos.
Creí que era el momento
adecuado para desechar algún intento de imitación de este
proceder, que, para lamentación futura, podía darse, y apoyado
en mi mesa de trabajo comencé a decirles: El hecho de que Carolina
no haga caso, ni le importe absolutamente nada, ni de ella ni de nadie,
es sin lugar a dudas, una rebeldía; lástima que la rebeldía
de Carolina esté plagada de groserías, seria hermoso que
alguien de aquí fuera rebelde, que se opusiera a mi forma
de resolver cualquier inconveniente, pero manifestándolo serenamente
y dando demostraciones de sus iniciativas, de lo contrario, somos rebeldes
sin causas, y eso es muy dañino. Cuando ustedes “ganan” por
encima de sus maestros, logrando hacer lo que quieren y no lo que ellos
dicen, en realidad lo que ustedes hacen es perder; ¿qué pierden?,
“la oportunidad de hacerse querer para que alguien se interese por ustedes;
¿quién los va a ayudar, si ustedes no ayudan?. Si empiezo
por acatar las órdenes o sugerencias que me dan, comienzo a ser
mejor. -- “Si hay una persona que está ahogándose y alguien
intenta sacarla tirándola del brazo y aquella sujetándose
de algo impide que se la saque”, ¿qué se puede hacer?.
En un momento, dirigiéndome
a Carolina, le dije: si a lo largo de tu vida, tus padres te han maltratado
golpeándote, haciéndote sentir culpable de cualquier cosa
que pasara en tu casa, recibiendo insultos u otras agresiones, tienes que
entender que no todas las personas somos así : ¿Porqué
no armonizas tus palabras,. tus gestos, tus miradas con la belleza que
tienes?. Un gesto desagradable hace feo al ser mas hermoso. Como así
también un gesto agradable hace hermoso al ser mas feo.
Al escuchar este juego de palabras,
Carolina irguió su cuerpo y levantó la vista, sus grandes
ojos marrones hablaban por ella.
Catorce años serian pocos
para iniciar un cambio del que tal vez poca gente le habría hablado,
o quizás fueran muchos aprendiendo cosas que como maestro, consideraba
equivocadas.
Carolina no estaba seguramente
en condiciones de elegir la mesura; ella seguiría así como
había venido, de otra forma no podría convivir en su casa.
CAPÍTULO 4
RUBEN
Este es el segundo nombre de un
“alumnito” que conocí en cuarto grado, quien promediaba los 9 años
cuando concurría a ese curso y se destacaba del resto de sus compañeros
por características muy peculiares: Cabello lacio, fino, rubio,
entregaba constantemente un pequeño mechón que caía
oblicuamente, tapándole una parte de su frente, y su tez blanca
reflejaba ancestrales rasgos europeos, de rostro y mentón afinados
armonizaban con sus finos labios que limitaban una pequeña y bien
proporcionada boca, de estatura baja y cuerpo delgado aunque sin prometer
una atlética figura, era muy bien proporcionado, y... sus ojos marrones,
muy vivaces, diríanse saltarinos, dejaban ver un problema, de origen
genético, lo que se conoce comúnmente con el nombre de “Estravismo”.
Esto hacia que los chicos lo llamaran, cuando requerían su presencia,
o en conversaciones privadas: “el tuerto”.
Por lo que Rubén aparentaba
cuando lo conocí, diríase que era muy mimado, tímido,
huidizo... después me enteré de su sobreprotección,
pero solo por su madre, dado que el padre, habiendo pertenecido a una dependencia
castrense, y heredado una férrea educación militar; le marcaba
al pobre Rubén, todos los pasos que daba. Para colmo, sus huellas,
no muy precisas, eran seguidas, vigiladas y muchas veces no aceptadas por
aquél, razón por la cual siempre andaban con disgustos y
enfrentamientos entre ellos.
Desde luego, Rubén buscaba
constantemente refugio en su madre, que, por tener la condición
de tal, le escuchaba y apoyaba en cualesquiera de sus reclamos.
A pesar de su corta edad, Rubén
había pasado por tres escuelas y su relación con ellas siempre
se canalizó a través de maestras, lo que a su entender lo
había favorecido, dado que el trato con maestros, hombres, aún
no había resultado convincente para él; primero, porque no
había tenido en sus pocos años, la obligación de estar
al lado de uno de ellos y segundo porque veía en otros, la imagen
autoritaria de su padre. De manera que cuando llegó a mi escuela;
comprendió que tendría que soportar, nada menos que a ¡un
maestro!; ¡todos los días!; Rubén no quería
saber nada de concurrir a clases. Muy a pesar suyo, no le quedaba otro
remedio; su familia se había trasladado desde un Departamento de
la provincia de Córdoba unos días antes, para que él
asistiera a la escuela y, además, su padre debía empezar
muy pronto a trabajar en la nueva carpintería que había instalado
en el fondo de su casa. ¿Qué podía hacer Rubén?;
él contaba con el apoyo de su madre... pero su padre veía
con agrado que su Rubén tuviera un maestro. Además ¿Cómo
se iba a volver a su antigua vivienda?.
Así, diríase, compulsivamente,
dadas las escasas alternativas con que contaba Rubén, debió
asistir regularmente a mi grado.
Una de las primeras cosas que llamó
mi atención sobre Rubén, era su particular manera de mirar;
al formularle preguntas comenzaba a ponerse nervioso, sus ojos iban desde
mirar al suelo, un poco adelante suyo, hasta pasar por la mirada del profesor,
o de quien estuviera delante suyo, para perderse en algún lugar
de la pared o el pizarrón, todo en fracciones de segundos; haciéndolo
cíclicamente. Si al hacerle las preguntas, él estaba parado,
la cosa era por demás divertida, por instinto desplazaba su pie
derecho arrastrándolo por el suelo unos 15 ó 20 cm hacia
adelante y sin detenerlo, inmediatamente lo llevaba para atrás hasta
el lugar de partida e instintivamente hacia lo mismo con el pié
izquierdo, para luego comenzar con el primero; todo esto acompañado
por el movimiento de sus ojos. Realmente, Rubén, dada su estatura
y volumen, parecía una marioneta movida por los hilos invisibles
de su tramoyista. Honestamente, en las primeras exhibiciones de Rubén,
tenía que hacer un gran esfuerzo y disimular muy bien, pues
no podía, ni debía reírme.
Los problemas psicológicos
no podían dejar de acompañar a Rubén, una risa cercana,
por cualquier motivo, le despertaba sospecha de burla a su persona; ¡siempre
estaba a la expectativa!.
Rubén
tenía un hábito muy particular de mirar, esta acción
era acompañada por el instintivo giro de su cabeza y la simultánea
y expresiva sonrisa cargada con un involuntario sarcasmo. Pero, a la par
de ello, se ubicaba siempre a la defensiva. Sin dudas, le faltaba claridad
en su comportamiento, no se daba cuenta que miraba a cualquier persona
burlonamente y se molestaba cuando al escuchar una risa, totalmente ajena
a su interés, pensaba en la ridiculización que estarían
haciendo de él esos protagonistas. Cuando esto ocurría
no lo toleraba, sobre todo en ocasiones de estar al frente o expresándose
en voz alta, que, vale la pena decirlo, muy raras veces lo hacia. Si esto
sucedía, Rubén se ponía muy mal y ya comenzaba a llorar,
acompañado de una melancolía, una postración, lo que
hacia que a duras penas se calmara y retomara, luego de un momento, las
tareas que sus compañeritos estaban haciendo.
Particularmente, Rubén buscaba
protección en su profesor acusando a los chicos, en su pretensión
de que ellos cambiaran de actitud, a lo que le contestaba que si...
¡siempre que los observara en el momento preciso!, pero en realidad,
quien tenía que cambiar era “él”, sin esperar que los demás
lo hicieran. Mis contestaciones, siempre parecidas, no solo
no eran entendidas por Rubén sino que empezaron a ser un motivo
de alejamiento de mi persona.
Ese alejamiento, simultáneamente
fue una incomodidad manifiesta para la asistencia regular a la escuela,
por lo tanto, Rubén comenzó a presionar a su madre cuestionando
mi desempeño, y ella, pobre, seguramente sentía herido su
corazón porque su “bebe” la pasaba muy mal; no obstante ello; no
se animaba a enfrentar de lleno la situación, vería la incongruencia
de un reclamo suyo ante la presión de Rubén a mi postura.
Percibía la molestia de
Rubén y en cierta forma me dolía proceder de esa forma, pero
al mismo tiempo pensaba que si no era perseverante en mi postura no podría
hacer recapacitar a mi alumno, quien evidentemente estaba equivocado.
Pero esto no terminó allí,
puesto que simultáneamente, otra madre, cuya hija también
era compañera de Rubén y que tenía comportamientos
muy similares y aun más agravados al de éste aprovechó
la ocasión y comenzó a buscar apoyo: Primero con la madre
de Rubén y luego con personas ajenas a las dos familias. Es así
que de esta manera comenzó a gestarse un movimiento en desacuerdo
a mi persona, que no se podía prever su final, tal vez en mi traslado
o en mi exoneración; la gestora de este movimiento anhelaba y luchaba
por cualquiera de ellos. Todo este levantamiento fue conocido gracias al
posterior relato del padre de uno de mis alumnos, quien comentaba que todo
había alcanzado una proporción bastante registrable, hasta
estaban buscando la televisión para magnificar el caso y degradarme
totalmente, pero así mismo no prosperó porque en algunas
personas imperó la cordura, entre ellas, ¡el padre de Rubén!,
quien en una reunión que tuvieron, les dijo: Porqué solamente
miran los “defectos” del maestro y no analizan los propios y los de sus
hijos?. Que el maestro hace muy bien en remarcar los errores y los malos
hábitos de sus alumnos.
De esta manera, el objetivo de
esa señora quedó trunca y con ella también las ilusiones
que se había hecho el pobre Rubén, a quien no le quedaba
otro destino que el de seguir en el colegio, y para colmo no podía
ni siquiera cambiarse de turno, dado que a la mañana concurrían
a cuarto grado muchos más chicos que a la tarde.
Decididamente, Rubén tenía
su destino trazado, estaba sentenciado a continuar como hasta ese momento..
Las clases continuaron, Rubén resignado a su suerte, y, apoyado
constantemente por mi, comenzó paulatinamente, ¡con reservas!,
a dar muestras de no sentirse incómodo con ciertos cambios.
El último día de
clases, antes de las vacaciones de Julio, aproveché para decirles
que esperaba disfrutaran del descanso y que no pensaran en el colegio,
para que al retomar después las actividades, estuvieran renovados
y contentos. Y... aproveché también para darles un beso a
cada uno, varón y mujer y desearles buena suerte.
Cuando a Rubén le tocó
saludarme, demostró resolución y desenvoltura ante la vista
de sus compañeros, pero al estar muy cerca mío, sentí
que se conmovía, estaba entre dos fuegos: su personalidad no le
permitía hacer cosas muy diferentes a los demás, tampoco
podía doblegarse tan fácilmente y darme un beso como si siempre
lo hubiera hecho. De manera que ofreció su cara para recibir mi
beso, y antes de que ello ocurriera, intentó retirarse inmediatamente,
entonces lo retuve y le pregunté en voz alta, a fin de que sintiera
la mayoría ¡¿Cómo Rubén?!, ¿no
me vas a dar un beso?. Rubén se sintió descubierto y venciendo
su timidez, su machismo y su negatividad, me besó como diciendo
¡te estoy empezando a querer!, ¡pero tengo miedo de lo que
me puedan decir!!. No estaba acostumbrado ni a dar ni a recibir un beso
de un maestro; ¡tal vez ni de su padre!.
Al reiniciarse las clases, Rubén
venía más seguro: la impresión era acertada; ¡había
comenzado a apreciarme!, ¡lo percibía!. Ya no se molestaba
sobremanera al hacerle ver algún error. Toleraba la risa ajena sin
inmutarse; se levantaba de su asiento, me buscaba y me preguntaba cosas.
Había empezado a entender el valor de la tolerancia y la mesura.
Casi al finalizar el año,
su madre, tal vez para pagar una “culpa” por algo que en su momento le
parecía un error de su parte y que otra persona aprovechó
para acrecentar en su conciencia poniéndola en mi contra; se acercó
y me dijo: ¡Qué bueno sería que usted pasara el año
que viene a quinto grado!, ¡Rubén ha cambiado tanto!, y...
¡nosotros también!.
Esas palabras me hicieron sentir
orgulloso y tranquilizaron mi espíritu, pues me hicieron pensar
que tal vez estaba cumpliendo bien con mi misión.
El destino quiso, tiempo mediante,
que Rubén fuera nuevamente discípulo mío, esta vez
en sexto grado, ambos nos conocíamos, nos teníamos confianza.
Ahora Rubén concurría a clase con seguridad, había
logrado bastante equilibrio y dominio de si mismo. El Rubén de sexto
grado estaba muy lejos de ser aquel que ingresó a mi escuela en
cuarto grado; débil, huidizo, caprichoso y mimado. Se lo veía
más dócil y dispuesto a servir a sus semejantes; ¡Había
crecido!.
Yo también había
cambiado, conocí en mi privacidad a personas que hablaban diferente
del común de la gente. Ellas hacían hincapié en el
amor, en el respeto a todas las personas, en la humildad, en evitar el
odio, la envidia y la ambición desmedida.
Con esa gente nos reuníamos
semanalmente y nos marcábamos los errores que cada uno de nosotros
tenía, tomando a esas faltas como eje de todo cambio en la forma
de ser de cada uno. Toda esta capacitación era aprovechada en las
tareas áulicas, fuera para compartir conocimientos o para ser caja
de resonancia de penas o alegrías.
Pero no todo era formalismo, dentro
de lo serio agregábamos referencias de libros, recuerdos o anécdotas,
como la que incorporamos cuando estábamos en una clase de lengua
con un tema por demás interesante: La comunicación; y, más
allá de la anotación que año tras año realizamos
los docentes y alumnos y que casi se repite de memoria; sin valorar la
trascendencia que este tópico tiene: Emisor; Receptor, Mensaje,
quisimos darle una mayor trascendencia al tema y decíamos que la
comunicación debe ser permanentemente cultivada en las personas;
que a través de esa relación siempre se debe promover el
acercamiento de los seres humanos.
Pero ésta no se logra cuando
solamente habla una persona... se debe escuchar y mirar al semejante ¡con
quietud!, ¡con calma!.. mostrando interés en el emisor, respetándolo,
como le observara el Moreno a Fierro en el poema de José Hernández:
De lo que un cantor esplica
no falta que aprovechar,
y se lo debe escuchar
aunque sea negro el que cante,
apriende el que es inorante
y el que es sabio apriende más.
De manera que siempre… debemos
ESCUCHAR, sin subestimar y cuando nos toque hablar, hagámoslo de
una manera tranquila… serena. No hacer como Rubén: y comencé
a desplazar los pies, uno y otro hacia adelante y atrás y a mover
los ojos tal cual él hacia. De más está decir que
la clase, entera, era una risa al unísono.
Todos los chicos aprovecharon la
ocasión para dar rienda suelta y expresar concreta y libremente,
lo que en forma tácita sabían de Rubén. Éste
soportó el peso de semejante crítica, estoicamente, hasta
participaba de la risa, como un “grande”.
Evidentemente, Rubén había
crecido, no de estatura, su altura física seguía siendo la
misma, o casi la misma, había crecido espiritualmente, no se molestaba
cuando le marcaban un defecto o un error.
Luego de la risa que recordaba
una adversidad superada por Rubén retomamos seriamente el tema,
con el objeto de afianzar a fondo los conceptos y la trascendencia de esas
tres palabras: Recalcaba la expresión que debía tener
el emisor : su cara, sus ojos, la forma de estar parado y su mirada. Les
decía que el emisor debía dar seguridad al receptor, mirándole
sin bajar nunca la vista, pues cualquier movimiento de los ojos de aquél
por mínimo que fuera, el receptor lo captaba y esto podía
ser motivo de desestimar la confianza que podría haber logrado el
emisor, con buena disposición y voluntad.
A su vez, éste debía
percibir la actitud parecida del receptor; si esta fallaba en alguno de
los dos, el mensaje no se lograba en su totalidad.
No pasó mucho tiempo cuando
Rubén fue sometido a otra prueba de fuego: en cierta ocasión,
ya casi al finalizar el año, tenía que hacer una planilla
de inscripción para el siguiente (año) y, ante la duda del
lugar de nacimiento de Rubén, pregunté a éste si había
nacido en Córdoba capital o en algún dpto. del interior,
a lo que otro chico: Yamil Maiehes contestó: “En Venado Tuerto”...
profe...
Otra vez la risa generalizada,
y... otra vez Rubén dando muestras de grandeza y equilibrio, compartiendo
el chiste con una carcajada, dando evidentes signos de haber sepultado
sus resentimientos, sus rechazos, sus complejos.
Llegó el último día
de clases; los chicos habían organizado una despedida a los alumnos
de séptimo grado; con mucho esmero prepararon las mesas y dispusieron
sobre ellas las pocas cosas que habían podido comprar: papas fritas,
chizitos, palitos y otras, muy pocas menudencias.
Después del frugal copetín,
el baile; las chicas mostrándose más predispuestas, bailaban
entre ellas; algunos varones también se atrevían y participaban.
Rubén no bailaba, pero,
se lo veía activo, libre, no podría precisar si feliz,
pues parecía dejar traslucir que quería seguir con las clases,
como si sintiera que se le escapaba una parte de su vida al tener que abandonarlas.
Cuando pusimos fin a la pequeña
fiesta, los reuní a todos y les dije que a algunos no los vería
nunca más porque se cambiarían de escuela... tal vez a lugares
lejanos... pero la mayoría seguiría en el colegio; algunos
por el camino que habían abandonado para seguir por “la senda”;
penosamente soportada en el colegio durante el año. La senda
que les conducía a la verdad, buscando la mesura y el equilibrio;
para ser amables, laboriosos, respetuosos, honestos y sinceros.
Pero cualquiera que fuera la decisión,
a todos estaba dispuesto a prestar cualquier servicio, si lo necesitaban
siempre que estuviera a mi alcance.
Dirigí la mirada hacia Rubén
y lo vi serio, los ojos marrones, otrora saltarinos, estaban humedecidos
por la emoción.
Antes de terminar les dije que
les quería saludar a cada uno (eran treinta y dos), que me colocaría
en el umbral de la puerta; que la decisión de hacerlo era absolutamente
libre y que, si alguno no quería, no se sintiera obligado a hacerlo.
Uno a uno fueron pasando y cuando
le tocó el turno a Rubén, me abrazó fuerte, sin ver
si lo miraban, sin importarle perder tiempo; y estampó un beso en
mi cara, con una calidez conmovedora.
De los treinta y dos, recibí
un cordial saludo de veintinueve. Me di cuenta que tres personas nunca
me habían escuchado, y quizás nunca lo harían.
Sentí una ligera incomodidad pero pense en Rubén y una sensación
de felicidad y de paz inundó mi ser, porque cuando me estampó
su beso, sentí que me veneraba; tal vez como hermano, como
padre o como maestro.
CAPÍTULO 5
UN PEQUEÑO AGRESOR
Todos los días en la escuelas
municipales, los docentes comparten el almuerzo con los chicos; cotidianamente,
unos más, otros menos, participan en conversaciones, inquietudes,
hasta a veces siendo el confidente de algún problema, que ocasionalmente
trae uno que otro comensal.
Luego del almuerzo, la diaria formación,
lectura de efemérides, algún comentario ocasional sobre cuidado
de higiene personal; del uso del agua, de patios, de baños, para
luego entrar al aula de clases a cumplir con la tarea.
Cierto día, saliendo
al primer recreo, observé que unas maestras se dirigían apresuradamente
hacia la cocina. Accidentalmente les escuché decir que un chico
le había aplicado un puntapié en una pierna a Luisa (la auxiliar
de la escuela).
Acompañé a una de
las docentes al lugar mencionado y ya en su interior, Luisa me muestra
la herida ocasionada por el golpe. Ella recibió el impacto en la
parte anterior izquierda de su pierna derecha; en una zona, donde se le
había manifestado un serio problema venoso. El puntapié le
había despegado la piel del tejido subcutáneo en una superficie
comparable a la de un botón grande de guardapolvo o tal vez mayor.
Luisa lloraba y estaba muy mal,
porque, obligadamente, por orden médica, debía cuidarse la
pierna de recibir cualquier golpe, aún un mínimo roce, dado
que podía tener serias consecuencias. El problema de Luisa era de
un pronóstico muy poco alentador, en muchas ocasiones había
faltado a su trabajo de auxiliar, debido a las ulceraciones que se le formaban
por cualquier pequeño roce, aún la de sus medias; constantemente
se le veía una gran zona de una coloración marrón
muy oscuro subiendo a casi negro; era una piel ¡como plastificada!.
Si alguien apoyaba su dedo
en esa zona, percibía que la misma estaba semidespegada de los tejidos
mas profundos; diríase que había una superficie importante
de tejido subcutáneo necrosado. Tal vez no lloraba tanto por el
dolor físico de ese revés, sino por la impotencia que sentía
de saberse agredida por una criatura de apenas 8 años.
El comportamiento del protagonista,
alumno de primer grado, se manifestaba, a pesar de sus pocos años,
con una agresividad pocas veces superadas por personas de su edad. En él
se exteriorizaban: la indiferencia, la despreocupación, la rebeldía,
la violencia recibida; diríase, desde su uso de razón.
Todo esto y mucho más, formaba
parte de una patología psicológica, digna de un pormenorizado
análisis del profesional más autorizado en la materia. Para
colmo, biológicamente, tampoco era muy favorecido: de cuerpo delgado,
con una marcada joroba, de tórax estrecho y de altura importante
para su edad. Su pelo delicado y fino, enrulado; con entradas pronunciadas
en su frente. De ojos verdes claros, con una mirada indefinida y superficial;
de cutis blanco y cara afilada hacia el mentón, de labio leporino,
con notorias dificultades para la expresión oral; limitado nivel
de concentración y escaso poder de retención de conocimientos.
La carencia de hábitos y
la vehemencia de su control defensivo, bajo cualquier circunstancia, obligaban
al pequeño a actuar permanentemente con impulsividad. Siempre buscaba
“por las dudas“ una posición de resguardo; esto lo llevó
a propinarle semejante puntapié a Luisa, cuando lo volvía
de su huida de la escuela.
CAPÍTULO 6
LA JOSÉ
José es un ex - alumno, de
quien guardo en mi corazón gratos recuerdos; integrante de una familia
numerosa y de características propias; sus padres, serios, muy respetuosos
y responsables, han sabido, con muy buen criterio, transmitir a José
y a sus hermanos ciertos hábitos de respeto, amabilidad y cordura,
que hacen de ellos, chicos realmente distintos del común de la gente.
Desde temprana edad, José
ha adquirido, equilibradamente, el hábito de servir a sus semejantes,
razón por la cual estaba siempre atento a lo que hiciera falta en
el grado, no solamente para su maestro, sino también para sus compañeros.
Llegó a dominar, con
muy buen criterio, y a tomar determinaciones muy acertadas en la planificación
y trabajos de la huerta cuidando de ella con esmero y dedicación
sorprendentes.
En poco tiempo pasó a ser
mi “secretario”, él conocía si había tal o cual semilla
para la huerta, de manera que me informaba sobre las que había que
reponer, o las que podíamos regalar para las huertas domiciliarias.
Sabia de las herramientas y utensilios de uso constantes en trabajos de
canteros y almácigos, llevaba un registro estadístico con
fechas de siembra y transplante de las distintas variedades. En fin, José
era la consulta obligada ante cualquier problema, modificación de
tareas o alternativas estratégicas.
El grave problema para él,
era su dificultad en la lectura expresiva; cuando tenía que leer
en voz alta, sufría tremendamente y comenzaba a balbucear sonidos
incomprensibles que solamente él percibía, e iba afianzando
las sílabas, cada vez con mayor firmeza, hasta llegar a producir
una palabra, y en muchas ocasiones, su atolladero era tan grande, que después
de un momento de varios intentos, que ni él mismo llegaba a entender,
optaba por saltear ese vocablo y seguir a partir de allí, con un
tono de voz apenas perceptible, que aumentaba a medida que tomaba coraje,
hasta encontrar un nuevo inconveniente. De manera que para José
todo era placentero en la escuela, cualquier cosa toleraba con alegría,
menos cuando había que escuchar algún relato que saliera
de sus labios.
Al año siguiente de que
José hiciera su paso por mi grado, entran dos de sus hermanas, inmediatamente
menores que él.
Las mellizas Martín: Celina
y Ada Elisa, esta última es, a quien cariñosamente llamo
“La José”.
De un parecido físico sorprendente
a su hermano y muy diferentes en su forma de ser.
En extremo sensible, tímida,
impenetrable, con especial dificultad en la comunicación con adultos
fuera de su entorno.
Al hablar con ella; si advertía
que su contestación debería ser ligera, concisa, sin ningún
compromiso: respondía generalmente con monosílabos; de lo
contrario agachaba la cabeza y no había forma de hacer que dirigiera
la palabra.
Esta actitud de “la José”
me preocupaba... y más aun, puesto que su madre me habló
al respecto, encargándome que ayudara a Ada Elisa a revertir esta
postura, que también en muchas ocasiones las exteriorizaba en su
casa.
Cómo podía ser que
una niña tan aplicada, psicológicamente sana, de una familia
tan respetuosa y servicial, fuera tan antojadiza y obstinada, y no contestara
a su docente, ni aún a veces a su madre; ni siquiera rogándole.
Al reponerse, luego de unos minutos,
de su propia arbitrariedad, volvía a su mirada huidiza, manteniendo
la vista en la persona que le hablaba, por escasos segundos, luego miraba
a cualquier parte para no sentirse registrada.
Ante un requerimiento de trabajo
se adaptaba ante cualquier cosa con tal de cumplir su tarea, siendo en
este concepto, por demás responsable y aplicada; se diría
que su forma de ser la condicionaba a buscar un escape para permanecer
ocupada el mayor tiempo posible. Una intranquilidad interior la empujaba
a estar siempre con una tarea.
Durante varios meses estuve estudiándola,
ofreciéndole afecto, cariño, quería romper la barrera
que la separaba de mi, pero no podía. Jamás encontraba el
camino.
Con Ada Elisa, había que
manejarse con mucha sutileza, cualquier palabra, por más suave que
fuera, pronunciada en un tono de voz considerada por ella desagradable,
malograba cualquier intento de acercamiento.
Cierta vez le observo la carpeta
y dándome cuenta que no había entendido racionalmente el
algoritmo de las divisiones, me siento a su lado, y le pregunto si no había
comprendido la ubicación de los números en una división...
tengo que reiterar la pregunta, pues no se anima a contestar, cuando se
decide, lo hace moviendo negativamente la cabeza, entonces suavemente comienzo
a darle una explicación muy personalizada. A la tercera vez que
hacemos una pequeña división, por una cifra, con el ábaco
y no logra ubicar aún la unidad o decena sobrante después
del reparto, mi insatisfacción iba en aumento. Entonces tomábamos
un dividendo con un divisor de una cifra exacto, y comenzábamos
de nuevo e inmediatamente empleábamos un dividendo impar con divisor
par, para luego volver a la primera operación. De esta manera establecíamos,
en la práctica del reparto, la diferencia: el sobrante que se producía
en una división inexacta. Es decir, sabíamos porqué
sobraba uno. Esta aplicación me aprecia “muy completa”, pero en
la práctica no resultó así, dado que Ada no hallaba
la ubicación del sobrante en la ejecución gráfica
de la división que hacia en su carpeta; no entendía porqué
y adonde había que colocar la diferencia.
Tal vez me sobrestimé al
pensar que; con mi “brillante” explicación, la niña había
adquirido el mecanismo de trabajo. La cuestión era que no entendía
aún, cómo trasladar a la carpeta lo que hacia en el ábaco.
Entonces incurro en el error de decirle “¡pero usted está
muy tontita hoy!”, “¿qué le pasa?”.
Un ligerísimo movimiento
de cabeza, simultáneo a una mirada perpleja, que, en décimas
de segundos se vio humedecida por sus lágrimas, fue su más
contundente respuesta, al tiempo que ocultaba su rostro con el antebrazo
y las manos.
Debo reconocer que el hombre muchas
veces peca de ingenuo o de cándido, pues no lograba darme cuenta
del verdadero motivo de su llanto. En honor a la verdad, debo decir
que tal epíteto fue formulado con total cordialidad y respeto. Tal
vez por eso no lograba entender el porqué de su desazón.
Como la prejuzgaba con una cierta
oposición hacia mi, intento darle coraje, adoptando una actitud
confiable, despojado de todo autoritarismo o arbitrariedad y con el tono
más amistoso posible le pregunto.¿me tienes bronca José?!!,
moviendo su cabeza, contesta que no - sigo insistiendo...
¿Te sientes inferior a los demás chicos?... no contesta al
instante, noté que su ser se conmovía; no obstante... reitero
la pregunta y al cabo de unos segundos mueve su cabeza afirmativamente
y con voz entrecortada por el llanto, la emoción y tal vez por el
deseo de salir de ese complejo que quedaba al descubierto, logra decirme:
“¿¡y usted también me dijo tonta!?”.
Entonces le cubro su rostro con
mi brazo y ella apoya su cabeza en mi pecho, ¡como pidiéndome
disculpas por lo que acababa de decir!.
Previendo que había llegado
a la raíz del problema le digo suavemente ¡yo no te dije tonta!...
¡te dije tontita!... ¡que no es lo mismo!... ¡y... “cariñosamente”,
así que... ese no es motivo para llorar!!.
José, le dije, al tiempo
que acariciaba su cabello... ¡no quiero verte llorar nunca más!...
¡tienes que estar tranquila; vos no sos inferior a nadie, no entenderás
tan rápido, pero eso no significa ser menos!.
- ¿Quién te dijo
que vos sos inferior a las demás?, ¿No será que vos
sola te sientes así?.
- Déjame decirte una cosa
-
La única que cree que no
sirves sos vos, el resto de la gente no piensa nada de ti: ni que sirves
ni que no sirves. Vos debes demostrarte a ti misma la superación
de todos tus problemas.
Posteriormente le digo: ¡nunca
más debes llorar por cosas como ésta!, - ¡deseo que
mires a la gente cuando te hable, o le hables!, ¡que le mires a los
ojos, que no bajes la vista nunca!.
¡Solamente si alguna vez
robas, o haces algo malo, indebido o deshonesto, tendrás que bajar
la vista, pero sino jamás!.
A este punto “La Josué”
ya se animaba a mirarme por algunos segundos, su confianza la había
tranquilizado, y mis palabras, aún creo, la apoyaban haciéndole
perder el temor de sentirse inferior a sus compañeros.
En ese momento levanto la vista,
con mis ojos un poco húmedos, encuentro una alternativa, la única,
y, sin duda, la mas valedera, me aferro a ella para que a través
de mi relación “La José” cambiara, que tomara coraje y fe
en si misma; que no llorara ante cualquier adversidad, que fuera amable,
cariñosa, que besara a las personas en el saludo, sin tener vergüenza
y sin que fuera un beso huidizo, como de compromiso.
Puse toda mi incipiente fe en esa
alternativa, le di unas palmadas en su hombro, un beso en su cabeza y le
hice acompañar por Romy; su amiga y confidente a dar un paseo por
la escuela hasta que terminara esa hora de trabajo.
Ambas salieron muy contentas. La
José era muy confidente con su amiga, siendo de una formación
muy parecida, se entendían muy bien, además ésta
apoyaba mis palabras y hacía lo imposible para que su amiga cambiara,
pues había observado las desubicaciones de la José y no estaba
de acuerdo con su forma de ser.
En los días sucesivos, a
medida que continuaba con mi apoyo, comencé a percibir una sensible
evolución en su actitud; paralelamente entendíamos, que el
hecho de reconocer una postura negativa, posibilitaba a una persona, iniciar
una transformación positiva.
Elisa había superado una
barrera, un obstáculo que le impedía proyectarse intelectual
y expresivamente, es muy posible que en su vida futura, necesite, de su
entorno y de las personas con las que se relacione, un cierto grado de
tolerancia a fin de completar, su maduración.
Lo cierto es que a partir de ese
incidente “La José” saludó con vehemencia, sin importarle
si era observada.
Comenzó a relacionar con
solvencia y dinamismo los algoritmos de las operaciones de matemática
¡¡incluyendo divisiones!!. Y al finalizar ese cuarto grado,
Ada Elisa, “La José”, se había convertido en una alumna aventajada,
con potencialidades aún no utilizadas ni por ella descubiertas,
y con una disposición ampliamente satisfactoria.
Cierto día, ante un acontecimiento
de características parecidas; en otro alumno, dirigiéndome
a toda la clase, remarqué el suceso de “La José” diciéndoles:
¡”en la vida, uno puede cambiar; simplemente debemos reconocer
donde fallamos”!; ¿No es verdad José?.
La José, con su rostro límpido;
sin inhibiciones, esperó a que los chicos la miraran y decidida
y estoicamente movió su cabeza en forma afirmativa.
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